Sin la más mínima duda, puede decirse que acaba de caer en combate, con apenas medio siglo de vida, un auténtico revolucionario de este sufrido pueblo trabajador.
Sin alharacas, sin prensa que lo mencione, sin más armas que su enorme consistencia moral y un espíritu obrero e insurrecto digno de sí mismo, murió en las últimas horas el Compañero Mario Rivadavia, más conocido y querido en el oeste de Montevideo como “El Oveja”
Cayó enfrentando el cáncer con la misma entereza con que toda su vida enfrentó las permanentes agresiones de un sistema social del que él, más que una víctima especial, fue un enemigo absolutamente irreconciliable, frontal, decidido, jugado por completo por la causa obrera, hipotecando muchas veces “oportunidades de éxito personal” que significaban deponer aunque fuese en grado mínimo, principios y valores ideológicos básicos, y un compromiso que le venía desde una infancia de heredada humildad hecha orgullo de ser que únicamente la conocen quienes han tenido la fortuna de educarse –aun sabiendo apenas leer y escribir- entre gente para la que la vida no es una ofrenda de los poderosos ni algo que debamos construir desde los caros favores que ofrecen el acomodo político y la obsecuencia con ocasionales “mesías” de un socialismo sin alma ni vergüenza.
Los últimos meses de Mario fueron un verdadero calvario prolongado por sus ganas de vivir, más eficientes que un tratamiento médico que, de últimas, es el sometimiento a procedimientos que pretenden salvar una parte de nuestro ser, destruyendo su totalidad.
Nos tomamos más de un cafecito al regreso de algunas de las tantas terapias periódicas que representaban algo así como volver de Hiroshima, Nagasaki o Chernóbil. “Vengo de la guerra de las galaxias”, me decía “El Oveja” con esa ironía dura y cruda que lo caracterizó toda su fecunda vida de lucha contra molinos de viento cuyas aspas él lograba ir doblegando a fuerza de sentimientos revolucionarios que cuando germinan en gente así, no hay cáncer ni muerte que valgan.
Cuando hace unas semanas cobró a regañadientes la primera mensualidad de su jubilación por enfermedad –un montón infame de papeles que no llegaban a los cinco mil pesos y que él al principio sintió razonablemente como una limosna más que el reconocimiento de un derecho-, me regaló algo que dudó en regalarme, diciéndome:
“Si no lo usás, dejalo de adorno”… Era un frasco de perfume para después de la maldita afeitada, que conservaré por el resto de mis días, en una repisa, bien visible, al lado de una botella de medio y medio que hace unos años me regaló otro de los entrañables hermanos de lucha que se fueron sin irse.
La casa donde vivo tiene paredes levantadas, revocadas y pintadas por Mario cuando todavía no sabíamos nada del puto cáncer y cuando aún podíamos oír sus ruidosos, sarcásticos y ácidos comentarios sobre el gobierno que él había ayudado a “ascender” desde los tiempos de la resistencia a la milicada fascista, desde el comité y desde un ingenioso y creativo relacionamiento con madres y padres de gurises del “baby” fútbol casi clandestino de aquellos tiempos de cachiporrazos gorilas y prostituta prohibición de estudiar al Sófocles de “Antígona” en el liceo.
En estas paredes está impreso su espíritu, y aunque ellas no dicen nada ni son el lugar común del “testigo mudo” de la historia o cosa parecida, mirándolas, observando cómo “El Oveja” resolvía con su cerebro y sus manos cuestiones bien ajenas al oficio gráfico donde todo se resuelve en el plano de un papel o una pantalla; observando cómo el loco Mario definía cada tramo de su obra, me gana la convicción, la reafirmación de la serena certeza, de que sí, de que la historia está hecha únicamente por las manos de quienes levantan paredes para la vida –todas las paredes, las de hormigón y las del alma- aunque deban jubilarse, de pronto, por unas míseras monedas de hierro cobradas en un cajero automático incapaz de reconocer en el que mete la tarjeta magnética, un héroe de nuestro tiempo como lo fue y lo seguirá siendo este Mario Rivadavia que murió viviendo
Me permito darle un hasta luego a “El Oveja” –un hasta la victoria, siempre, Mario- con la herejía de gritarte “¡Vamo´arriba, loco!!!” como vos lo hubieras hecho, jugando con las palabras, aludiendo con ironía a un arriba que existe y que es el cielo fraterno y libertario de los inmortales rebeldes como vos, los realmente imprescindibles y necesarios en la vida o en la muerte, para que la vida no sea simplemente tragar oxígeno.
¡Cháu, Marito, no serás sólo memoria, serás, siempre, irreverencia y lucha intransigente de un pueblo obrero sufrido pero nunca resignado!
Gabriel –Saracho- Carbajales,
Montevideo, 24 de octubre de 2012