La escalada, la IA y una élite soberana: Dugin advierte que la tregua del diésel es una farsa, que la escalada es inevitable, que la inteligencia artificial es el nuevo campo de batalla y que Rusia no está preparada.
Conversación con Alexander Dugin en el programa Escalation de Sputnik TV
Aleksandr Dugin Multipolar Press 13/10/26
Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera
Presentador: Hablemos de la «tregua energética» entre Rusia y Ucrania que anunció Trump —aunque, por ahora, solo él la ha anunciado—. Los periodistas de Axios ya le preguntaron a Trump qué es lo que quiere decir exactamente y al parecer se trata de que Ucrania ya no puede lanzar ataques contra las refinerías rusas, pero tampoco Rusia puede lanzar ataques contra las refinerías ucranianas. Pero en Ucrania hay un matiz: ya no tienen refinerías como tales, apenas queda una, y esa ni siquiera funciona bien. ¿Cómo debemos interpretar esta situación y qué está sucediendo realmente ahora tras este «acuerdo del diésel» de Trump, así como tras sus duras declaraciones de que en Ucrania deben celebrarse elecciones, ya que Zelenski no es capaz de negociar y no quiere poner fin al enfrentamiento, aunque podría haberlo hecho hace mucho tiempo o al menos haber aceptado nuestras exigencias? ¿Cómo describiremos todo este entramado?
Dugin:Hay que entender claramente por qué Trump decidió precisamente ahora abordar, impulsar y poner de relieve este tema. El hecho es que se avecinan las elecciones intermedias al Congreso, donde es muy probable que los republicanos pierdan la mayoría en la Cámara de Representantes y, tal vez, incluso en el Senado. En tal caso, Trump se convertiría, en el sentido más literal de la palabra, en un «pato rengo»: un líder que depende de manera crítica de la mayoría demócrata de la oposición. Y los demócratas se muestran intransigentes con su línea de acción: no solo buscarán frenarlo e imponerle obligaciones, sino que también intentarán criminalizar tanto sus acciones pasadas como a él mismo.
La situación para Trump se está volviendo extremadamente desfavorable. En la agenda electoral, la fuerte subida de los precios del combustible diésel —que se encareció de manera muy significativa— jugó un papel colosal. Los estadounidenses son personas sumamente prácticas y a la gran mayoría de ellos no les interesa en absoluto una guerra con Irán; se oponen a ella. Surge una paradoja: Trump intenta presumir de lo bien que lo ha hecho al ayudar a Israel y entrar en guerra con Irán, pero esto le resulta ajeno al ciudadano yanqui común. Y a esto se suma el aumento de los precios del diésel, que se ha convertido en la principal baza de sus oponentes —incluidos los críticos internos dentro de las propias filas republicanas—. Estos dicen abiertamente: «Ya te habíamos advertido que no debías meterte en un conflicto con Irán. Te dejaste llevar por Israel, el precio del diésel se disparó y ahora estás perdiendo las elecciones».
Y ahí está Trump, que piensa puramente como un hombre de negocios pragmático y ve que los débitos y los créditos no cuadran: en lugar de una ganancia, resulta ser una gran pérdida que amenaza con la quiebra política. Busca desesperadamente una forma de bajar los precios del diésel. No hay otra salida: el factor iraní está bloqueado, Irán controla el estrecho de Ormuz, los hutíes el de Bab el Mandeb, por lo que los precios no bajarán por sí solos. Hay una escasez catastrófica de diésel en el mercado. Y entonces propone una solución puramente circunstancial: si Rusia tiene diésel, demos un paso hacia adelante y lo demás lo resolveremos después, tras las elecciones. Este es el comportamiento reactivo de un gestor circunstancial sin una estrategia a largo plazo. Si logra bajar el precio del combustible, se lo anotará como un logro; si Kiev le hace caso, declarará que ha logrado una «tregua energética». Aunque ya nadie cree seriamente en su potencial como pacificador. Está jugando a corto plazo.
Al mismo tiempo, es absolutamente evidente que el principal escollo para cualquier tregua se encuentra en Kiev. Tras la cumbre en Anchorage, Trump nunca logró presionar a Zelenski ni obligarlo a aceptar sus condiciones, porque toda Europa y los demócratas estadounidenses respaldaron al régimen de Kiev. La parte del Occidente que busca la guerra contra nosotros y asestar una derrota estratégica a Rusia simplemente bloqueó las iniciativas de Trump. Le transmitieron directamente a Zelenski: «No te preocupes, a Trump le queda poco tiempo; después de las elecciones intermedias lo tendremos atado de pies y manos, así que aguanta y no le sigas el juego». Si Trump realmente hubiera mostrado una voluntad firme, podría haber insistido en su postura en ese momento. Pero para él eso nunca fue una prioridad, aunque en el fondo, sin duda, se inclinaba por congelar este conflicto.
Para Trump, Rusia no es el enemigo principal —a diferencia de la UE, los líderes europeos de la OTAN y los demócratas globalistas estadounidenses—. Su adversario principal es Irán, ya que Trump se ha alineado incondicionalmente con la línea de política exterior israelí, y su principal oponente estratégico es China. Además de esto, está el establecimiento de un control total sobre el hemisferio occidental y sobre América Latina, lo cual, lamentablemente para los latinoamericanos, le está saliendo bastante bien.
Dado que Trump no considera seriamente a Rusia como su enemigo número uno, en gran medida le da igual. Pero, al mismo tiempo, tampoco tiene la intención de luchar por nuestros intereses ni por la paz, y ante la presión externa cede fácilmente sus posiciones. En este sentido, Trump es un aliado extremadamente poco confiable para nosotros: tanto ideológicamente como políticamente e incluso tácticamente.
Sin embargo, cuando propuso un acuerdo sobre el diésel, por nuestra parte fue totalmente acertado decir: «Por favor, el diésel es el diésel, no hay problema». Apoyar este conflicto que surgió entre Trump y el resto de Occidente, así como entre Trump y Kiev, es un paso absolutamente lógico y ventajoso para nosotros a corto plazo. De cualquier manera, vendemos combustible y venderlo a Trump o a Europa es una jugada pragmática y acertada.
Lo único que debemos entender claramente es lo siguiente:
1. Esto no durará mucho. El mismo Trump, incluso si todo le sale bien, lo olvidará al instante y renunciará a los acuerdos ante el primer cambio coyuntural.
2. Trump no controla a Kiev. Zelenski simplemente lo ignora, declarando a través de la prensa: «No entiendes nada, eres un presidente interino, tu tiempo se acaba. Te bancamos un poco más, pero después de las elecciones todo volverá a la normalidad —como con Biden y como quiere la Unión Europea».
Zelenski está ganando tiempo y no accede a ninguna negociación precisamente porque ve una profunda división en Occidente. Entiende que Trump dista mucho de ser todopoderoso y que no es más que un factor temporal. Castigamos con razón a Zelenski con nuestra retórica, lo llamamos canalla y dictador ilegítimo. Pero él no es, en absoluto, una figura independiente; es solo un funcionario y una parte del sistema occidental. Y no luchamos contra él personalmente, sino contra el Occidente colectivo, en el que Trump es solo uno de los elementos.
La línea de Trump difiere muy poco de las posturas de otros globalistas. Quiero subrayar esto. Trump no está en absoluto a favor de la multipolaridad ni de la paz. De igual manera, le declaró la guerra al BRICS y trata de socavar cualquier centro de poder independiente. Simplemente, la mayor parte de su ataque está dirigido contra China y en la política de Medio Oriente sigue ciegamente a Israel.
En su sistema de prioridades, Rusia ocupa más o menos el sexto o séptimo lugar. Probablemente le gustaría que Rusia ni siquiera existiera, pero por ahora esa no es su prioridad principal. Y, en un lapso de tiempo muy limitado, sus cambios de rumbo según la situación pueden coincidir con nuestros intereses. Pero si durante este breve período de deterioro de las relaciones entre Washington y Kiev, Trump no se atreve a tomar medidas radicales —como desconectar a Ucrania de la información de inteligencia estadounidense o una salida real de la OTAN—, entonces toda esta situación volverá muy rápidamente a su curso anterior.
Surge una pregunta lógica: ¿puede el factor personal prevalecer sobre el pragmatismo? A juzgar por las acciones de Zelenski y sus comentarios venenosos hacia Trump —quien califica directamente las iniciativas de Trump de débiles y, de hecho, desafía a la Casa Blanca al ignorar los llamados a detener los ataques contra las refinerías rusas—, da la impresión de que el régimen de Kiev simplemente está buscando un escándalo. Muchos analistas dicen ahora que Trump comenzó a exigir la celebración de elecciones en Ucrania precisamente porque Zelenski lo ofendió personalmente e hirió su ego narcisista. Sí, en este breve período previo a las elecciones en EEUU, Trump se mueve por cálculos electorales. Pero, ¿puede este resentimiento personal y esta irritación emocional de Trump convertirse en algo más —por ejemplo, en una presión sistemática de EEUU sobre Kiev con el objetivo de derrocar a Zelenski, celebrar elecciones y reformular el poder ucraniano a largo plazo?
Dugin:Es difícil de decir, pero creo que no. Y precisamente porque, para Trump, la guerra entre Rusia y Ucrania es un asunto profundamente secundario. Con mucho gusto se la dejaría por completo en manos de Europa. Pero necesita un cierto nivel de respeto. Más aún, si dejamos de lado las formalidades innecesarias, estamos en guerra en territorio de Ucrania precisamente contra los EEUU, porque la OTAN sin los EE UU no representa nada.
Y Trump, por supuesto, quiere que lo escuchen. Pero ya ha demostrado en repetidas ocasiones que cuando el resto de Occidente —no los trumpistas, sino los globalistas, la UE, los líderes de la OTAN, Mark Rutte, los demócratas y, por cierto, los neoconservadores de su propio partido— se unen, logran imponerse con bastante facilidad frente a su postura sobre Ucrania y vuelven a encauzar todo por los rieles de siempre. Lo hemos comprobado más de una vez y no hay motivos para creer que esta vez se enojará y le negará definitivamente el apoyo a Kiev. En teoría, eso es posible, pero no encaja en su estrategia general de fortalecer la hegemonía de USA en el hemisferio occidental.
La estrategia de Trump es coherente a su manera. Es coherente en su apoyo a Israel; es coherente en que, para él, Rusia no es el enemigo principal (ni el número uno, ni el dos, ni siquiera el tres). Sin embargo, no es en absoluto un defensor convencido de la paz o de la multipolaridad. En esencia, lo mejor que tenemos es que Trump nos odia un poco menos que todos los demás globalistas. Pero eso no significa en absoluto que nos quiera o que seamos una prioridad para él.
Por eso, es fácil que lo obliguen a olvidarse de la osadía de Zelenski. Ahora Trump está amenazando, pero ya antes le había gritado a Zelenski, intentó encontrar la manera de controlarlo y luego simplemente se encogió de hombros y dejó todo como estaba. Al observar sus acciones pasadas, es mejor que preveamos que esto volverá a suceder esta vez.
Sin embargo, es imprescindible aprovechar las breves oportunidades que surjan. Fíjense: tal vez Trump le pida a Elon Musk que desactive Starlink por un día o dos. Es precisamente en esos dos o tres días, mientras la oportunidad esté abierta, cuando hay que actuar con la máxima determinación: romper el frente, tomar Járkov y Odesa, lanzar cualquier ataque y no mirar atrás, porque esto terminará rápido. Él puede asustar a Ucrania y nosotros, como nobles caballeros, diremos: «Bueno, está bien, no lo vamos a usar». ¡Pero es precisamente en ese momento cuando hay que asestar el golpe más contundente!
No hay motivos para confiar en que Trump vaya a mantener de manera consistente la política que ahora ha marcado respecto a Ucrania. Además, en estas elecciones intermedias —con o sin diésel—, lo más probable es que pierda el control del Congreso. No habrá un cese automático de la guerra; no hay ni el más mínimo indicio de que eso vaya a suceder. ¿Y qué haremos después, cuando los demócratas se fortalezcan y comiencen a lanzarnos nuevas oleadas de acciones agresivas? No vale la pena contar con las promesas de Trump.
Puede pasar cualquier cosa y debemos dejar cierto margen de maniobra y de acción diplomática. Por ahora, estamos haciendo todo bien. Pero no hay que contar con que Jared Kushner y Steve Witcoff vuelvan y de inmediato empiecen a cavar un túnel o a construir un puente sobre el estrecho de Bering entre Alaska y Chukotka; eso no sucederá bajo ninguna circunstancia. En primer lugar, Trump simplemente no podrá detener esta guerra por sí solo. En segundo lugar, después de las elecciones intermedias, inevitablemente se debilitará.
La esperanza en Trump es ilusoria. Sin embargo, sí se puede y se debe aprovechar las divisiones y contradicciones internas del mundo occidental. Y eso es precisamente lo que estamos haciendo con éxito. Lo único es que nuestra sociedad debe prepararse para una escalada, para la Tercera Guerra Mundial, para los golpes más duros y precisos sobre nosotros y no engañarnos con la ilusión de que esta historia está a punto de terminar bien.
Un punto importante. Usted dice que debemos apoyar esta división. ¿Hasta qué punto? ¿Qué es exactamente lo que queremos lograr, en el mejor de los casos? ¿Cómo debería verse físicamente este desenlace: un enfrentamiento militar o económico directo entre Europa y USA, el colapso total de la OTAN con la denuncia de los tratados, o algo más?
Dugin: Sería excelente tanto lo uno como lo otro. Una guerra civil en Occidente, un conflicto duro entre republicanos y demócratas en EEUU, un enfrentamiento directo entre Trump y Europa —pues los demócratas yanquis apoyan precisamente a los globalistas europeos y, en esencia, llevaron a estos líderes al poder en la UE. Nos conviene el conflicto entre EEUU e Israel, el conflicto entre EEUU y Europa, el conflicto entre Gran Bretaña y la UE.
Necesitamos apoyar todas las líneas de fractura en Occidente. En el Occidente actual, como hemos mencionado muchas veces en nuestro programa, hay cinco centros clave: USA, los globalistas, los británicos, Europa continental e Israel. En última instancia, todos ellos actúan para preservar y fortalecer un mundo unipolar, pero de diferentes maneras y con distintas jerarquías de prioridades. Y si todos ellos se pelearan entre sí, se insultaran o, mejor aún, se enfrentaran en una confrontación real —por ejemplo, Trump con Dinamarca y la UE por Groenlandia o Canadá con EEUU—, eso sería ideal.
Claro, nuestras posibilidades de influir en esto no son tan grandiosas. Pero si tenemos aunque sea la más mínima oportunidad y un pequeño margen diplomático para contribuir a estos procesos, estamos obligados a aprovecharlo. Nuestra tarea fundamental es lograr el debilitamiento de Occidente, su desunión, su desmembramiento y, en última instancia, infligirle una derrota estratégica.
Un conflicto directo con Occidente es peligroso porque se convertiría instantáneamente en una guerra nuclear con todas las consecuencias que ello conlleva. Esto derrumbaría definitivamente los últimos mecanismos de contención que quedan del Tratado de Yalta. En este momento, todo se sostiene exclusivamente en el miedo a las armas nucleares, que evita la destrucción global.
Por eso, debemos aprovechar al máximo todo lo que se encuentre antes de una confrontación nuclear directa. Ya es hora de olvidarnos por completo de las ilusiones de que son nuestros «socios» o de que algunos de ellos son «buenos» y otros «malos». Todos estos polos son nuestros adversarios, pero los grados de su agresividad varían. Por ejemplo, Israel no está llevando a cabo actualmente una agresión directa contra Rusia. Por lo tanto, nosotros también debemos establecer nuestra propia jerarquía. Nuestros enemigos más directos, acérrimos y feroces hoy en día son la UE, los británicos y los globalistas estadounidenses. Trump e Israel lo son en menor medida: también son adversarios, pero no prioritarios.
Es precisamente entre ellos quienes debemos maniobrar con delicadeza y hacerlo de la manera más proactiva y ofensiva posible.
Aquí se presenta un panorama interesante. Resulta que, incluso en la situación actual, el hecho de que firmemos cualquier acuerdo —por más local que sea— con USA por sí solo, abre una brecha entre Europa y EEUU. ¿Significa esto que debemos seguir haciendo todo lo posible por cerrar nuevos acuerdos con Washington, para alejarlo cada vez más de Europa? ¿Deberíamos tomar conscientemente precisamente esas medidas?
Dugin: Exactamente. Así es. Lo único es que, como comprenderán, debemos disimular no ante nuestra propia sociedad, sino hacia afuera, ante los actores externos.
Pero a nosotros nos pasa exactamente lo contrario. Fíjense: basta con mencionar la firma de un acuerdo sobre el diésel para que el bando patriótico levante de inmediato una ola de indignación. Dicen: « ¿Cómo podemos suministrar energía y combustible al enemigo?». Como si en 1942 la Unión Soviética hubiera empezado a suministrarle petróleo a Hitler simplemente porque a él le costaba mucho guerrear contra nosotros. Para ellos esto parece inconcebible, aunque los contextos históricos y geopolíticos sean totalmente incomparables.
Por otro lado, se suman los liberales, quienes se hacen eco del entusiasmo: « ¡Por fin! Hagamos las paces, cedamos a las condiciones de Trump, hagamos concesiones en la línea de contacto y en cuestiones territoriales. ¡Ahí está: la ventana de oportunidades!»
Tanto unos como otros están profundamente equivocados. De hecho, me inclino a pensar que muchos matices de la política exterior simplemente no deben transmitirse al público interno. El presidente está trabajando y eso está muy bien. ¿Para qué molestarlo? Pero lo molestan: tanto los patriotas, que no comprenden toda la profundidad de la maniobra estratégica, como los liberales, que exageran cualquier aspecto de las negociaciones hasta hacerlas parecer una capitulación, lo cual es absolutamente destructivo para el país.
Al final, al tratar de apoyar al presidente como sus partidarios convencidos y como personas responsables en materia geopolítica, nos vemos obligados a hablar públicamente de cosas que, tal vez, ni siquiera valdría la pena dar a conocer al público en general. Dejemos que Putin se ocupe tranquilamente de esta estrategia externa, mientras el pueblo ve el ballet «El lago de los cisnes» o caricaturas —y eso sería solo para bien.
En cuanto a los problemas internos, sí, es imprescindible involucrar a la sociedad. En cuestiones de cómo organizar nuestra economía, la educación y el ámbito social, ahí sí es necesaria la participación ciudadana. Pero en lo que respecta a la política exterior, libremos de una vez por todas a la gente de este estrés psicológico constante. De las preocupaciones por Anchorage, los viajes de Kirill Dmitriev, las visitas de Witkoff y Kushner, etc.
Que vengan, que Dmitriev vuele a Miami, que haya comercio de diésel, pero no es necesario gritarlo a los cuatro vientos ni convertirlo en un espectáculo mediático. La política exterior no es asunto del ciudadano de a pie. El ciudadano común, al carecer de una visión completa de la situación, de todos modos, sacará conclusiones erróneas. Dejemos esto en manos de los profesionales, los patriotas y, personalmente, del presidente. Hay que darle libertad de acción. Y aquí, tanto los patriotas como los liberales de distintos bandos intentan chantajearlo emocional e informativamente.
Dejemos de lado esta práctica perversa. El presidente lo entiende perfectamente, está al tanto de todo y le hemos delegado toda la autoridad. Dejemos que él se encargue de esto. Pero, camarada presidente, libere a la sociedad de este vaivén constante en un columpio psicológico y emocional. Haga lo que sea necesario para el país: lo hará todo correctamente y llevará al país a la victoria. Y nosotros no nos entrometeremos, solo ayudaremos.
Acaba de llegar una nueva declaración de Zelenski: se pregunta con total seriedad por qué USA no firma un acuerdo sobre el suministro de combustible diésel con Ucrania, ya que «es precisamente Kiev quien decide si funcionarán las refinerías rusas y si navegará la flota de buques cisterna rusa». ¿Está bien esta persona? ¿Qué indican este tipo de declaraciones?
Dugin:Está bien. No hay que sobrevalorar su adicción a las sustancias narcóticas prohibidas en la Federación Rusa. En realidad, Zelenski simplemente apuesta de manera consistente por una fuerza colosal en Occidente, que no solo es igual a Trump, sino que objetivamente es más fuerte que él. Ese es precisamente el «deep state», el Estado profundo. Trump, en su momento, le declaró la guerra, pero nunca logró vencerlo.
El sistema político occidental está estructurado de manera radicalmente diferente a la nuestra. Allí, no todo depende de la personalidad del líder y, a menudo, no depende nada en absoluto. Los presidentes occidentales son, en esencia, actores en un escenario. En nuestro caso, en cambio, el poder real está concentrado en manos del gobernante, el presidente. Ellos no tienen eso.
Por eso, Zelenski se comporta de manera totalmente lógica y coherente: de hecho, está descartando a Trump. Le dice: « ¿Quién te crees que eres, viejo? Te queda un mes o dos, ya nos las arreglaremos de alguna manera. Y si intentas cortarnos la corriente o interrumpir nuestras comunicaciones, de inmediato vendrán a ti decenas de generales, almirantes, tus propios patrocinadores y representantes de las corporaciones más grandes, y te dirán: “Vamos, vuelve a poner el interruptor en su lugar y vete a ocuparte de la construcción del salón de baile en la Casa Blanca —ese es tu nivel”»
Y en los últimos años hemos visto en repetidas ocasiones que, en cuestiones críticas, Trump primero arma un gran alboroto, publica mensajes provocativos en las redes sociales diciendo que va a renombrar al mundo entero como “América” y luego, obedientemente, hace lo que se le exige.
Por eso, Zelenski apuesta firmemente por la continuación y la escalada del conflicto. Nosotros, como mencionamos anteriormente, apostamos por la división de Occidente y por aprovechar cualquiera de sus contradicciones internas —y lo hacemos con total razón—. Pero, al mismo tiempo, no debemos hacernos ilusiones de que sea posible siquiera una tregua a largo plazo. Se avecina una escalada inevitable y en el corto plazo no hará más que intensificarse.
Sobre todo, porque en Occidente se afirma cada vez con mayor franqueza y frecuencia la necesidad de una guerra abierta y de alta intensidad entre Occidente y Rusia.
Entendamos las distinciones:
* Una guerra de baja intensidad es lo que ocurrió en Donbass hasta el 2022 (enfrentamientos locales y bombardeos).
* Una guerra de intensidad media es lo que está ocurriendo en este momento en Ucrania.
* Una guerra de alta intensidad es un enfrentamiento directo con Occidente con el uso parcial, entre otras cosas, de armas nucleares.
* Y en Occidente, los expertos y los estrategas militares ya están calculando abiertamente cómo infligirle a Rusia una derrota estratégica precisamente en condiciones de una guerra de alta intensidad. ¡En ese punto es donde nos encontramos y no en la ilusión de que Trump grite y Zelenski se ponga el sombrero de militar! El acuerdo sobre el diésel es una jugada táctica acertada, pero esperar que conduzca a un cambio global no es realista.
Hay que prepararse para defender al país e infligirle una derrota estratégica al enemigo. Los militares saben que cualquier conflicto consta de dos fases: la guerra de desgaste y la guerra de aniquilación. En este momento, entre nosotros y Occidente se libra precisamente una guerra de desgaste. Sí, Occidente también se está agotando en parte, pero nosotros también nos estamos agotando. Y ellos consideran que, por ahora, todo va según su plan y que en algún momento la guerra de desgaste deberá convertirse en una guerra de aniquilación —cuando Occidente considere que estamos lo suficientemente debilitados—. Cómo y con qué medirán eso es una pregunta para sus estrategas. Pero el paso a una guerra de alta intensidad significa precisamente el paso del desgaste a la aniquilación.
Si la perspectiva de una guerra de aniquilación —por parte de nuestros enemigos contra nosotros— es totalmente real (y los líderes de la OTAN hablan abiertamente de ella hoy en día, lo cual no es ninguna sorpresa), entonces nosotros también debemos pensar en este marco. ¿Por qué no permitir que surja nuestra propia ventana de oportunidad para asestar un golpe devastador al enemigo? Esto no se puede descartar.
Y esto significa que entramos en una espiral de escalada mutua, controlada tanto por nosotros como por ellos. Debemos recordarle constantemente a Occidente: la escalada es un juego para dos. Al fin y al cabo, esto no es ajedrez, donde alguien se imagina que puede hacer un movimiento por sí mismo, luego «dar vuelta el tablero» y hacer un movimiento por el adversario, recuperando así el turno para sí mismo. Así es precisamente como el Occidente se ha acostumbrado a jugar con nosotros, imaginando que frente a ellos se sienta un sujeto poco serio.
Pero frente a ellos se encuentra un gran e importante maestro: nuestro presidente, Putin. Por cierto, aprovechando la ocasión, aunque ya lo felicité en mi canal, al igual que todo el país, quiero felicitarlo una vez más de todo corazón por su cumpleaños pasado. Nuestro gran maestro es plenamente consciente de todo esto. Entiende que, en algún momento crítico, realmente podríamos necesitar llevar a cabo una operación a gran escala para aplastar a nuestro adversario. Y debemos estar absolutamente preparados para que, en respuesta, no llegue lo que llega ahora, sino algo inconmensurablemente más grave.
Es precisamente con esta conciencia —una conciencia totalmente inmersa en el proceso de profunda escalada de nuestras relaciones con Occidente— con la que debemos vivir. Este es el único enfoque correcto. Cuando tomemos verdadera conciencia de toda la gravedad del momento actual, comenzaremos a comportarnos de manera mucho más comedida y responsable.
De lo contrario, a veces aparecen ciertos personajes que afirman: «Queremos encabezar la oposición patriótica frente al presidente»... Escuchen, en tiempos de guerra, declaraciones como esas no son solo una tontería, ¡son una rebelión militar! No debe haber ninguna oposición. Todo nuestro país, todo nuestro pueblo —tanto la derecha como la izquierda, por mucho que discrepemos en los detalles— tiene ahora la obligación de mantenerse unido como un bloque para brindar apoyo incondicional al presidente y al país en guerra.
Y, repito, a un país que se encuentra en el umbral de una transición. Estamos pasando de una guerra de intensidad media a una de alta intensidad. Nos espera una posible operación de aniquilación. Los militares entienden perfectamente lo que esto significa. Es precisamente así como debemos evaluar con lucidez nuestra situación, planificar el futuro y comprender claramente que, en el corto plazo, definitivamente no podemos contar con la relajación, el descanso ni las «vacaciones».
El mundo está cambiando, y en gran medida ahora bajo la influencia de la inteligencia artificial. Le prestamos muchísima atención a este tema, pero no solo nosotros. Por ejemplo, Bill Gates volvió a hacer una declaración contundente: según él, la inteligencia artificial, por supuesto, podría tener graves consecuencias catastróficas en el futuro, pero por ahora aún estamos muy lejos de eso. En su opinión, ahora hay que enfocarse exclusivamente en la regulación; es decir, el Estado debe supervisar a las empresas que desarrollan IA, de manera similar a lo que ocurre en el mercado automotriz o farmacéutico. Y volvemos de nuevo a nuestro dilema fundamental: ¿debemos acelerar el desarrollo de la inteligencia artificial, frenarlo o, más aún, plantearnos si la humanidad va en la dirección correcta? ¿Qué está sucediendo realmente, desde su punto de vista, en torno a la inteligencia artificial en este momento?
Dugin:Se están produciendo avances muy importantes. Pero para discutir en serio y con responsabilidad sobre la inteligencia artificial, trabajar con ella y plantear preguntas fundamentales sobre su desarrollo, primero hay que poseer inteligencia natural. Porque la palabra clave aquí es precisamente la «inteligencia». No se trata de un procedimiento técnico limitado. Es una cuestión filosófica de suma importancia: quién es el ser humano, qué es el intelecto natural, en qué consiste el intelecto artificial y cuál es la lógica del desarrollo de las tecnologías y de la civilización en su conjunto.
La IA es la última etapa de la apuesta histórica de la humanidad por el desarrollo técnico. El progreso, ante nuestros ojos, ya ha transformado al ser humano de amo de la tecnología en su sirviente y asistente y la siguiente etapa es la transformación del ser humano en esclavo de la tecnología. Llamemos a las cosas por su nombre. Nos encontramos en un punto de cambio de dominio, un cambio en el clásico par dialéctico «amo — esclavo», descrito por Hegel en la «Fenomenología del espíritu».
Inicialmente, la tecnología era esclava del ser humano. La utilizábamos como herramienta —desde el palo para cavar, cuya creación los arqueólogos datan hoy en día hace ya 400 mil años—. Desde esa primera herramienta ancestral hasta la IA se extiende un hilo conductor: es la historia de la relación entre el ser humano y la tecnología. Tanto Karl Marx como Oswald Spengler lo comprendían profundamente.
Y ahora se avecina un momento crítico: lo que los futurólogos llaman la «singularidad». La tecnología —eso que creamos como herramienta para dominar la naturaleza y librar guerras— se está convirtiendo en nuestra dueña. Aún no lo es del todo, pero está a un paso de serlo.
En este punto se concentran toda la filosofía de la historia y todas las reflexiones sobre el destino de la civilización. ¿Fue un bien emprender el camino del progreso técnico en Occidente durante la Edad Moderna? ¿Se podrían haber encontrado otras vías de desarrollo? ¿Vale la pena buscarlas hoy? Antes ni siquiera se planteaban estas preguntas, ya que predominaba una fe ciega en el progreso lineal: desarrolla la tecnología, avanza y todo mejorará. Y he aquí que hemos llegado a ese «mejor» —al punto en el que surge la pregunta: ¿sigue siendo necesario el ser humano a partir de ahora? Prácticamente hemos cumplido nuestra función frente al avance hacia una tecnología autónoma y soberana; ya queda muy poco.
Y ahora mucho dependerá no de lo que las personas decidan con respecto a la inteligencia artificial, sino de lo que la inteligencia artificial decida con respecto a las personas. Esto ya no es ciencia ficción ni una distopía. Ya hemos llegado a ese punto.
En cuanto a nuestro país, para ser sinceros, debido a un largo y ciego occidentalismo, a la confianza en el liberalismo y a la imitación de modelos ajenos, nos hemos quedado irremediablemente rezagados en la creación de una inteligencia artificial soberana. Teníamos la obligación de ocuparnos de esto al menos por razones de necesidad de defensa, ya que la inteligencia artificial es un arma muy poderosa. Y en las guerras de nuevo tipo —tanto de desgaste como de aniquilación— los logros más recientes en el ámbito de la IA se aplicarán sin duda alguna a toda su potencia.
La IA es, ante todo, un arma. Y en su momento, la entregamos imprudentemente a ese mismo «Yandex»: personas que eran adversarios ideológicos de nuestra soberanía nacional (centro de datos el google de Rusia: posta)Se quedaron con esos desarrollos durante años y cuando comenzó la Operación Militar Especial simplemente huyeron al extranjero junto con los códigos fuente. Cuánto tiempo nos llevó después tapar, al menos de alguna manera, esa enorme brecha.
¿Y quién se ocupa de la IA aquí ahora? Se recurre a los militares, por supuesto, pero aún en un segundo o incluso tercer plano. Aunque se trata de una cuestión directa de seguridad nacional, es una cuestión de la guerra moderna. La IA es un nuevo campo de batalla.
Y, sin embargo, nos hemos quedado enormemente rezagados:
1. Mentalmente: aún no hemos tomado conciencia de la magnitud de la amenaza y el desafío;
2. Estratégicamente: subestimamos de manera catastrófica el potencial militar real de las redes neuronales;
3. Filosóficamente: ni siquiera nos planteamos preguntas fundamentales sobre la esencia de la IA y la dirección de su desarrollo;
4. Tecnológicamente: ya hemos registrado un grave retraso.
Esta es una situación absolutamente catastrófica, a menos que empecemos a exigir responsabilidades y a castigar severamente a quienes la han provocado. Porque cada decisión destructiva tiene un autor concreto, un funcionario específico. Son precisamente estas personas las que han creado una situación en la que nos adentramos en una confrontación fundamental con Occidente y, al mismo tiempo, en la era de la singularidad tecnológica, en la era del dominio potencial de la inteligencia artificial sobre la humanidad.
En Occidente solo se discute sobre los plazos. La singularidad ya está llamando a la puerta: algunos dicen que llegará en un año, otros en dos, y los escépticos más acérrimos en tres. No se trata de si llegará o no, sino de que está ocurriendo en este mismo momento.
Y nosotros, como civilización única, debemos actuar aquí como un sujeto independiente, y no como una víctima pasiva que se limita a observar las discusiones ajenas y espera a ver qué dice Bill Gates: «ralentizamos» o «aceleramos». Trump, por ejemplo, aboga abiertamente por acelerar al máximo los desarrollos. Allá el tema de la IA se ha convertido desde hace tiempo en parte de una dura lucha política: los demócratas exigen regular y frenar el proceso, temiendo el fortalecimiento de esos mismos magnates tecnológicos como Elon Musk y Peter Thiel, quienes apoyan a los pragmáticos de derecha. Y Thiel y Musk, por el contrario, gritan: «¡Adelante, impulsemos el progreso!»
Se trata de un juego geopolítico e ideológico en toda regla, en el que hoy prácticamente no tenemos voz. No participamos en este discurso, nuestro punto de vista no se escucha. Nosotros mismos enviamos a nuestros mejores programadores a Occidente, contribuyendo literalmente a fortalecer su dominio tecnológico.
Y hoy en día, en Rusia, la mayoría de los proyectos en el ámbito de la IA están a cargo de personas que, en primer lugar, no son militares y, en segundo lugar, no son en absoluto patriotas convencidos. Y mucho menos son filósofos. De ahí es fácil sacar una conclusión sobre la situación real.
La inteligencia artificial es, sin lugar a dudas, la prioridad número uno para nuestro país desde cuatro perspectivas:
· Desde el punto de vista militar;
· Desde el punto de vista patriótico (soberanía);
· Desde el punto de vista tecnológico;
· Desde el punto de vista filosófico.
En estas cuatro áreas tenemos enormes fallas conceptuales. Y quienes deben ocuparse de esto son personas completamente diferentes. Trump lo ve y nuestro presidente lo entiende perfectamente. Pero a nivel de los ejecutores comienza la rutina burocrática de siempre: los funcionarios se pelean por los presupuestos y, al final, nada. Solo versiones occidentales secundarias, copiadas y ligeramente adaptadas. Por miedo a romper el sistema, nadie se atreve a meterse a fondo en el código fuente. En cambio, por si acaso, tabúizan y censuran los temas políticos y filosóficos más espinosos. Pero, al no comprender la esencia de estos temas, junto con el agua sucia, echan también al niño. En ese punto tan peligroso es en el que nos encontramos.
Es precisamente por eso que hoy en día no somos actores de pleno derecho en el ámbito de la inteligencia artificial —¡y debemos serlo! Si realmente aspiramos al estatus de Estado-civilización, debemos darnos cuenta de que las armas nucleares son, sin duda, un factor fundamental de la soberanía, pero se trata de un indicador antiguo y clásico del siglo XX.
Hoy en día, el indicador clave de la soberanía en el siglo XXI es el liderazgo en alta tecnología, inteligencia artificial y fabricación de drones. Y aquí nos resulta vital dar un salto soberano, porque es precisamente en estos ámbitos donde se libra la guerra del futuro.
La guerra nuclear, Dios no lo quiera, nunca llegará a ocurrir: es una guerra del pasado potencial, que nunca se materializó. Este factor de contención todavía funciona, pero ya le queda poco tiempo. Un poco más y la inteligencia artificial, la digitalización y las redes globales tomarán definitivamente el control de la sociedad humana.
Por eso se perciben con tanta intensidad cualquier ataque del enemigo contra nuestra infraestructura tecnológica —como contra el mismo «Yandex» o los sistemas bancarios—. Y por más desagradable que suene, nuestros adversarios en Ucrania reaccionan más rápido en este sentido. Entienden cuáles son nuestros puntos clave y nuestra vulnerabilidad. Y nosotros, por ahora, solo nos vemos obligados a reaccionar a sus acciones, en lugar de adelantarnos a ellas.
Y no se trata de que el régimen de Kiev tenga una inteligencia especial. Simplemente, están dirigidos directamente por instructores del «Deep State» globalista. Alex Karp —creador e ideólogo, junto con Peter Thiel, del poderoso sistema de inteligencia y análisis Palantir— llega a Kiev y ellos instruyen directamente a los dirigentes de Kiev. Gracias a esta integración total en los círculos tecnológicos occidentales, el enemigo a veces evalúa con mayor agudeza y rapidez las realidades tecnológicas de la guerra.
Ya es hora de que por fin entremos en razón. ¿Hasta cuándo vamos a confiar en que todo se resolverá por sí solo, en que el escudo nuclear y las grandes victorias del pasado nos salvarán automáticamente una vez más? Si no empezamos ahora mismo a adaptar nuestra conciencia en materia de defensa, tecnología y civilización a las nuevas y duras condiciones, perderemos el futuro.
Veamos las cosas como son. Hasta hace poco, en nuestra sociedad se consideraba normal que los principales expertos, analistas y pensadores —tanto en la ciencia como en el arte y en la tecnología— fueran liberales pro occidentales. Es cierto que transmitían modelos racionales y bastante sistemáticos, pero esos modelos eran fundamentalmente incompatibles con la soberanía de Rusia.
Como resultado, perdimos la oportunidad de formar una élite intelectual soberana. Parte de la antigua élite liberal huyó al extranjero, convirtiéndose en agentes extranjeros y en personas reubicadas, mientras que otra parte se ocultó dentro del país y sigue saboteando. Al igual que la dirección del antiguo «Yandex», simplemente se llevaron consigo los logros, se llevaron a los cerebros y se pusieron del lado del enemigo. Toda nuestra élite intelectual de las últimas tres décadas se formó bajo el paradigma del occidentalismo liberal.
En cambio, nunca se cultivó de manera sistemática una élite intelectual soberana y patriótica. Como resultado, millones de personas con mentalidad patriótica carecen hoy de una formación científica y filosófica profunda y sistemática. Y esto no es culpa de ellos: es nuestra catastrófica desgracia compartida.
Es vital que creemos desde cero instituciones soberanas:
· Institutos de filosofía y antropología;
· Institutos de ontología y filosofía de la técnica;
· Institutos de pensamiento soberano, cultura y educación;
· Centros de estudios civilizacionales en todas las esferas clave.
Todo esto debe construirse estrictamente sobre la base de nuestros valores tradicionales y la identidad civilizacional rusa.
La guerra está en marcha, todos los plazos y las «líneas rojas» se han traspasado hace mucho tiempo y nosotros seguimos ocupándonos del desarrollo del pensamiento soberano a regañadientes, a duras penas, como en un sueño. Eso es precisamente con lo que cuenta nuestro enemigo. Su objetivo principal es paralizar a nuestra élite intelectual. Y dado que la élite anterior era liberal y se sometía a los centros de control occidentales, el control central sigue estando allí. Y aún no lo hemos tomado.
Y en nuestro bando quedan personas honestas, maravillosas y sinceras que, lamentablemente, por ahora no están conceptualmente preparadas para esos colosales desafíos civilizatorios a los que Rusia se enfrenta de lleno.
Pero, ¿cómo encontrar o formar a estas personas en este preciso momento? ¿De verdad es posible formarlas en un lapso de tiempo tan corto? Después de todo, usted mismo dice que nos estamos acercando rápidamente a una fase de conflicto militar de alta intensidad. ¿Tenemos tiempo para eso?
Dugin:No tenemos tiempo para eso. Y, para ser sinceros: si todo sigue avanzando al mismo ritmo pausado que ahora, simplemente estamos condenados.
O bien debemos despertar —de inmediato y de manera definitiva— y poner en marcha esa misma movilización nacional de la que siempre nos enorgullecemos. Nos encanta repetir que tardamos en enganchar los caballos, pero que cabalgamos rápido. Dmitri Kisélyov señala acertadamente que la forma más rápida de viajar es el trío ruso y eso es un hecho histórico. Pues bien, ahora necesitamos con urgencia este «trío ruso».
Necesitamos de inmediato un modelo fundamentalmente nuevo de transformaciones ultraintensivas en los ámbitos de la educación, la cultura y la ciencia, así como en la formación de personal militar, civil, de las fuerzas de seguridad y humanitario. Esa es la tarea principal. Podemos y debemos formar a este personal en el menor tiempo posible.
Quedan apenas unas semanas para, en esencia, declarar el estado de emergencia y dar inicio a una verdadera Operación Militar Especial en la ciencia, la filosofía y la educación: ¡una OME en el ámbito intelectual!
Ya basta de hacernos ilusiones de que, dentro de tres o cuatro años, todo se resolverá por sí solo. Ahora estamos haciendo muchas cosas —no quiero menospreciar los esfuerzos actuales—, pero lo hacemos en un régimen de semipaz, como si lleváramos un retraso de cinco, seis u ocho años, tratando de ponernos al día con los objetivos de 2022.
Necesitamos una aceleración total y esto es una cuestión de hoy mismo. Aún podemos llegar a tiempo, pero la ventana de oportunidades se cerrará literalmente en unos días. ¡Hay que empezar ahora mismo!
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