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Michel Foucault, la Sospecha en el Poder

Con motivo del centenario del nacimiento de Michel Foucault, Alain de Benoist reflexiona, para el semanario alemán «Junge Freiheit», sobre el legado del filósofo. Defensor acérrimo de la crítica a las normas, pero convertido él mismo en una norma intelectual, Foucault domina gran parte de las ciencias humanas. Locura, prisión, sexualidad, minorías, dominación… le ha proporcionado a la izquierda posmoderna gran parte de sus conceptos. Repasamos la vida del maestro de la sospecha, volviendo en su contra sus propios instrumentos.

Alain de Benoist - Revue Éléments 2 oct. 2026

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

El filósofo Paul Ricœur popularizó la expresión «filósofos de la sospecha» para referirse a Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud. Su punto en común es haber cuestionado la idea de que la conciencia humana es transparente, libre y dueña de sí misma, mientras que nuestros pensamientos y valores ocultan motivaciones inconscientes y son objeto de manipulaciones que no vemos. Michel Foucault, de quien actualmente se celebra el centenario, es un heredero de la «filosofía de la sospecha». Y es por ello que, aún hoy, sigue siendo uno de los pensadores más citados del mundo, aunque tal vez su obra no tenga la importancia que se le ha querido atribuir.

Nacido el 15 de octubre de 1926 en Poitiers, en el seno de una familia muy burguesa, Michel Foucault comenzó sumándose a la corriente del estructuralismo en las décadas de 1960 y 1970, antes de convertirse en Estados Unidos en una de las figuras más destacadas de la «French Theory», junto con Roland Barthes, Gilles Deleuze y Jacques Derrida. En el libro que lo hizo famoso, Las palabras y las cosas (1966), teoriza sobre la «muerte del hombre» tal como Nietzsche había teorizado sobre la muerte de Dios. El mundo intelectual lo aclamó, pero Jean-Paul Sartre, furioso porque Foucault, al rechazar la historia como praxis, había apuntado indirectamente al marxismo, ¡lo tildó de «reaccionario»!

A partir de ese momento, Foucault ejercerá una influencia considerable que tiene menos que ver con su doctrina que con su forma de plantear preguntas. Ya en 1969 es nombrado profesor de «historia de los sistemas de pensamiento» en el Collège de France. Su conferencia inaugural se titula El orden del discurso.

Detrás de las normas, el poder

Es un error, dice Foucault, cuando se habla de «locura», de «delincuencia» o de «sexualidad», creer que se trata de realidades simples, cuando son sus saberes, sus instituciones y sus prácticas los que contribuyen a dar de estas realidades la descripción más exacta. En su Historia de la locura en la época clásica (1961), al igual que en El nacimiento de la clínica (1963) o en Arqueología del saber (1969), Foucault no pretende que el sufrimiento psíquico, los actos delictivos o los deseos sean imaginarios, sino que se pregunta cómo se han vuelto posibles ciertas formas de nombrarlos, examinarlos y gobernarlos. Es en esta brecha donde se desarrolla toda su filosofía. Se interesa por la formación de la mirada médica moderna, por las condiciones históricas en las que se concibió la institución judicial, y denomina «arqueología» a la investigación de las reglas, a menudo tácitas, que hacen que ciertos enunciados sean admisibles en una época determinada.

Foucault se centra en el análisis de las clasificaciones, los procedimientos de observación y las categorías académicas que organizan lo que una época puede decir y pensar para constituirse a sí misma. Su libro Vigilar y castigar (1975) ofrece un ejemplo paradigmático de este enfoque. En él, Foucault refuta la idea de que la prisión haya sucedido a formas de castigo más crueles, ya que, según él, el encierro viene acompañado de nuevas formas de control sobre los individuos, formas «disciplinarias» de vigilancia y corrección de conductas, cuyo modelo es el famoso Panóptico de Jeremy Bentham. De ahí la tesis de que el poder no pertenece al Estado, sino que se ejerce ante todo a través de conocimientos, normas y prácticas cotidianas.

Fuertemente influenciado por los acontecimientos de mayo del 68, que siguió desde lejos (en ese momento se encontraba en Túnez), al regresar a París se unió a todo tipo de movimientos políticos, en particular a las luchas en torno a las prisiones y a la antipsiquiatría.

De este modo, Foucault se perfila como uno de los primeros grandes teóricos de una «deconstrucción» de la normalidad, lo que lo lleva espontáneamente a centrarse y a tomar partido por los marginados, los «anormales», los excluidos, los presos, los locos, los indocumentados, las neofeministas, las minorías sexuales y étnicas, los inmigrantes, los desempleados, los «perjudicados por el progreso» (Herbert Marcuse), el lumpenproletariado (o la «under class» de Margaret Thatcher), en detrimento de los trabajadores y de la clase obrera tradicionales, considerados «demasiado conservadores». El «wokismo» se situará en la misma perspectiva cuando abandone la defensa de los trabajadores para dar protagonismo a todas las formas de desviaciones y causas marginales. Dado que Foucault nunca ocultó su homosexualidad, su preferencia por las prácticas sadomasoquistas, sus intentos de suicidio y su estancia en un hospital psiquiátrico durante su juventud, es evidente que se puede ver en ello una forma de defensa propia.

En esta etapa militante, Foucault se propone criticar las instituciones «aparentemente neutrales e independientes» y atacarlas «de tal manera que quede al descubierto la violencia política que se ejercía oscuramente en su seno».

Apenas es una caricatura de su pensamiento en esa época decir que se resume en unas pocas ideas simples: eliminemos los manicomios y ya no habrá locos, eliminemos a los médicos y ya no habrá enfermos, eliminemos las cárceles y ya no habrá delincuentes. Foucault expresa todo esto en un estilo bastante prolijo, innecesariamente diluido, en el que se encuentran tanto ideas puramente provocadoras como una reflexión de gran nivel sobre los mecanismos del poder.

De los márgenes al mercado

La voluntad de saber(1976), primer volumen de una gran Historia de la sexualidad, aplica el mismo razonamiento al ámbito sexual. Hablar simplemente de «represión del sexo» es un error, según Foucault, quien demuestra que son más bien los discursos médicos, educativos y psiquiátricos los que, progresivamente, han normalizado y medicalizado la vida sexual. La sexualidad se ha convertido así en un tema sobre el cual la sociedad ha impuesto sutilmente a los individuos la obligación de hablar y confesarse para «reconocer» su verdad. Posteriormente, Foucault aplicará su método a la «gobernabilidad», es decir, a las formas de influir en las conductas, y a la «biopolítica», que tiene como objeto la salud, la natalidad u otras características de las poblaciones.

A lo largo de su carrera, Michel Foucault se fijó finalmente como objetivo estudiar la manera en que los seres humanos se han convertido progresivamente en sujetos de un saber, sujetos sometidos a relaciones de poder, pero también sujetos capaces de actuar sobre sí mismos para transformarse. La idea que lo obsesiona es la del «gobierno de sí mismo».

Al final de su vida, Michel Foucault se adhirió cada vez más abiertamente al neoliberalismo, lo que escandalizó a muchos de sus seguidores. Sin embargo, esta evolución era perfectamente previsible. De hecho, también fue el caso de muchos de los antiguos protagonistas de mayo del 68 quienes, por su desprecio hacia el pueblo y su odio hacia la izquierda clásica, estaban predispuestos a abrazar la doxa liberal. Profundamente antiestatista, Foucault simplemente vio en el neoliberalismo una alternativa menos normativa y autoritaria que la izquierda socialista y comunista clásica, que consideraba totalmente obsoleta. Desde esta perspectiva, él percibía el mercado como un espacio de libertad frente a la normalización estatal. Por otra parte, percibió muy bien la afinidad de su concepción del sujeto con la idea liberal de un sujeto «emprendedor de sí mismo» (el ideal del self-made man, que se construye a sí mismo partiendo de la nada). Al incitar a cada individuo a convertirse en su propio capital, el liberalismo ofrecía a Foucault la ilusión de un espacio de autonomía y de «invención de sí mismo» liberado de las imposiciones morales tradicionales.

A principios de la década de 1980 llegó incluso a declararse a favor del «impuesto negativo» propuesto por Milton Friedman para sustituir a la seguridad social. Uno de sus principales traductores y comentaristas ingleses, Colin Gordon, llegó incluso a verlo como un precursor de la «tercera vía» de Tony Blair, mientras que en Francia Geoffroy de Lagasnerie, autor de La última lección de Michel Foucault, le atribuía la intención de «utilizar el neoliberalismo para reinventar la izquierda».

Foucault a prueba de sospechas

La obra de Michel Foucault ha sido objeto de múltiples críticas. Las primeras provinieron de historiadores, quienes cuestionaron algunas de sus generalizaciones o su interpretación de ciertos hechos institucionales. Una segunda objeción se refiere al fundamento mismo de la crítica: si el poder está absolutamente en todas partes, ¿en qué nombre se puede condenar una de sus formas? Este argumento fue planteado por la feminista socialista estadounidense Nancy Fraser y, en Alemania, por Jürgen Habermas, quienes le reprocharon a Foucault poner de relieve «dominaciones» abstractas sin explicar claramente los principios que permiten juzgarlas. Otros filósofos, como Pascal Engel, también le reprocharon disolver la noción de verdad objetiva al reducir el conocimiento a simples relaciones de poder.

El sociólogo belga Daniel Zamora no se equivocó al reprocharle a Foucault haber abandonado la crítica de las desigualdades de clase y de la redistribución de la riqueza en favor de un análisis centrado, ya no en la explotación, sino únicamente en la «dominación» de la que serían víctimas las minorías y los excluidos. Este cambio ha desarmado intelectualmente en gran medida a la izquierda frente al capitalismo financiero —lo que también explica que tantos antiguos votantes comunistas y socialistas se hayan sumado hoy a los partidos populistas—.

Foucault murió de sida el 25 de junio de 1984. A pesar de un compromiso pasajero debido a su amistad con Louis Althusser, nunca fue socialista ni comunista, pero contribuyó a la formación del izquierdismo posmoderno mediante su trabajo de «deconstrucción» y su forma de apostar por las minorías para rechazar la soberanía del pueblo. Sus análisis son a la vez sutiles, seductores y discutibles. En este sentido, se le ha comparado con Jean-Paul Sartre, quien hoy en día ha caído en el olvido.

 

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