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En Ceuta: al Titanic europeo le ha salido una gran vía de agua

Carlos X. Blanco 2 oct. 2026

Asistimos al espectáculo, y no hacemos nada. La invasión de Ceuta es la imagen que va a ser grabada a fuego en la memoria de nuestra civilización, cuando otras gentes extrañas la estudien con anteojos de anticuario. El epitafio dirá: “¡aquí yace España!”. O quizá también: “Europa: si es verdad que en otro tiempo tuviste existencia, esto ya no es así”.

Vemos las imágenes y esperamos a que vengan los bárbaros a nuestra ciudad y de ella tomen posesión. Ellos, bárbaros y por ende jóvenes, al menos, poseen instinto vital: unos buscan pan, otros anhelan conquista. En cualquier caso, ambos anhelos manifiestan que en sus cuerpos hay vida. En la noche española -y europea- apenas hay una comedia de espíritus muertos, que aguardan a que un viento africano les barra del escenario. Sí, ha caído la noche.

Los bárbaros llegan a nuestras costas y fronteras porque nosotros les dejamos. No hay más razones. El liberalismo imperante, cual religión obligatoria y unidimensional, habla de “flujos migratorios”. “Flujos”: uno piensa en el movimiento de aire en la atmósfera, el curso de los ríos, el deslizado de las placas tectónicas, el torrente sanguíneo o las poluciones nocturnas… Si los científicos sociales -en su gran mayoría – han sucumbido al lenguaje liberal del naturalismo, el problema no va a poder ser contemplado jamás como un verdadero problema. El liberalismo considera que las masas humanas, de manera natural y no deliberada, de repente dejan familias, terruños, tribus y patrias, se meten en un barco o saltan una valla y se cuelan en un país que no es el suyo, “por gozar de un futuro mejor”. ¿Esto es creíble? Un país que no les ha invitado ni llamado… Claro, no tenemos bebés, y alguien no ha enseñado que es un engorro tenerlos. Pero los patronos quieren carne fresca y barata.

Hace unos cuantos años, creo recordar, un demógrafo del CSIC hacía burla de mis estudios sobre Spengler. Repitiendo textualmente al sabio germano, en mis artículos yo hacía referencia a las “matrices hastiadas” y a la crisis de natalidad que -de larga data- atenaza a Europa. El tal demógrafo no debió ver problema grave en que las madres de Europa apenas tengan niños y, mucho peor, que las mujeres de nuestras patrias renuncien absolutamente a la maternidad. Este no debe ser un problema tan grave como el supuesto “auge del fascismo”. Por eso se reía en su blog de mis citas spenglerianas acerca de las “matrices hastiadas”. Lo cierto es que en la antigua Roma ya se habían dado fenómenos análogos. Escasearon los romanos y la asimilación masiva de millones de germanos salvó momentáneamente a un Imperio que, a la postre, daría origen a la Europa “fáustica” y cristiano-medieval. El crisol, la monstruosidad heteróclita mediterránea de una Roma decadente que había decaído en lo moral y había diluido su savia, se regeneró con una “invasión migratoria”, sí, pero de unos pueblos no del todo ajenos, vecinos, afines étnicamente y admiradores del romanismo. El caso de la barbarización de Roma tuvo su origen en las “matrices hastiadas” y en el abandono del campo. Los bárbaros invasores (emigrantes, pero con espadas en la mano) en el fondo fueron conquistados por la Alta Civilización, decadente pero…”Alta”. El caso de China es análogo: una Alta Civilización imperial queda invadida por bárbaros (mongoles y manchúes), que imponen sus dinastías pero que acaban siendo “conquistados” por sus víctimas civilizadas.

Europa no se halla en esa situación. Ya no somos una “Alta Civilización”. Los invasores que nos llegan no son afines en ningún sentido valioso de la palabra, acaso únicamente en un plano zoológico. Los africanos y marroquíes que nos llegan no admiran nada espiritual de lo nuestro. No pueden admirar nuestro afeminamiento, nuestro masoquismo cultural, el crudo hedonismo (no incompatible con el masoquismo citado), nuestro afán por comprar paz con dinero, más aún, de creer que todo se puede comprar con dinero. Una masa grande de los invasores llega con la única vista puesta en lograr vivir siendo mantenidos. Hay muchas excepciones, desde luego: miles de ellos trabajan y forman familias. Pero los “flujos” (torrentes o tsunamis, como el de Ceuta) suelen estar constituidos por mocetones en edad militar, en absoluto desnutridos, varones en su inmensa mayoría, con tendencia vital (nada afeminada pero muy repugnante) a tomar en posesión y como despojo a hembras, niños, bienes y cuanto se les ponga por delante.

¿Por qué no llaman a las cosas por su nombre? Es invasión y conquista lo que esta Europa sufre. Pero Europa no es Imperio, aunque fuese decadente: no les ofrece nada espiritual y propio a estos bárbaros salvo comida, pagas, papeles, posibilidades para votar en un censo electoral que antes de diez años habrá cambiado por completo. Los “viejos europeos” pobres serán los nuevos indios de las praderas confinados en reservas, marcados con el sambenito de “Racistas”. El bloque de “izquierdas” (contengamos la risa) tendrá el más claro componente oclocrático que se pueda imaginar: “nuevos europeos”, “nuevos españoles” que no ofrecerán nada, tan solo exigirán.

Las élites mafiosas y financieras siempre han actuado de la misma manera: cambian la composición y el concepto de “pueblo” para seguir subidos en el mástil más alto de un Titanic civilizacional que, a fin de cuentas, ya hunde lo mayor de su masa bajo el agua. En Ceuta, Europa (no hablo ya de una España que no existe) posee una vía enorme de agua.