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Cuba, el día después y el arduo trabajo de la memoria

 

Rubén Chababo CUBA X CUBA 9 sept 2026

 

«A ningún latinoamericano escapa que la Revolución Cubana inaugura la transformación de América»

Mario Vargas Llosa, Diario Revolución, La Habana, 1965

«El mito de Cuba ya se ha despedazado»

Mario Vargas Llosa, Radio Martí, 2019

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Muchas veces me he preguntado cómo serán recordadas las décadas que van de 1959 hasta el presente, no solo por los cubanos, sino también por aquellos que, sin serlo, hicieron de Cuba una parte de su propia biografía política, intelectual o afectiva.

Cuba no fue solamente un acontecimiento cubano. Fue también un acontecimiento latinoamericano y, en cierto sentido, mundial. Pocos países concitaron durante la segunda mitad del siglo XX una atención semejante. Difícilmente pueda encontrarse una figura relevante del campo intelectual de aquellas décadas, tanto de derecha como de izquierda, que no haya depositado su mirada sobre la isla: para celebrarla o condenarla, para encontrar en su Revolución un modelo a imitar o para convertirla en la demostración de una catástrofe.

Como pocos otros países de nuestra región, Cuba fue un territorio sobre el que se proyectaron esperanzas, temores, deseos y frustraciones que excedían largamente sus fronteras. Desde el momento en que los jóvenes rebeldes descendieron de la Sierra Maestra, en aquel mítico enero de 1959, comenzó a configurarse una tensión que, con sus altos y bajos, llega hasta nuestros días. El amor y el rechazo, el hechizo y la decepción, la esperanza y el miedo convivieron desde entonces.

Es precisamente esa persistencia de visiones encontradas la que vuelve especialmente problemática la cuestión de la memoria cubana. No se trata de volver a formular la pregunta acerca de qué fue la Revolución Cubana, sobre la que existe una inmensa historiografía, sino de preguntarse cómo será recordada cuando el ciclo histórico que inauguró llegue definitivamente a su fin.

Hoy Cuba se presenta ante nuestros ojos de un modo muy diferente de aquel que durante décadas alimentó el imaginario político y cultural de millones de personas. El ciclo iniciado en 1959 se acerca hoy a su agotamiento, y el paisaje de oscuridad, desesperación y ruina en el que sobreviven sus habitantes es la imagen más representativa de su presente. Pero Cuba antes fue otra cosa, y ese pasado parece resultar hoy incómodo incluso para muchos de quienes participaron de aquel entusiasmo. Como si recordar que la isla formó parte del gran ensueño que embriagó a tantas generaciones latinoamericanas fuera motivo de vergüenza; como si reconocer que alguna vez se estuvo allí, celebrando la concreción de algo cercano a la utopía, implicara cargar en el presente con un estigma. De allí la dificultad de imaginar cómo serán recordadas esas décadas cuando la isla recupere su vida democrática.

La memoria no es una superficie inmóvil sobre la que el pasado queda depositado de una vez y para siempre. Hace ya casi un siglo, Maurice Halbwachs mostró que recordamos dentro de determinados marcos sociales: no recordamos solos, sino desde los grupos a los que pertenecemos, desde las experiencias compartidas y desde los lenguajes disponibles para nombrar aquello que hemos vivido.

No habrá, por lo tanto, una sola Cuba cuando se hable de ella en tiempo pasado. Habrá muchas Cubas, construidas desde experiencias y posiciones diferentes. Y la memoria futura de Cuba no será solamente la memoria de los cubanos, será también la de quienes, desde Buenos Aires, México, París, Madrid o Santiago, miraron hacia La Habana y encontraron allí la confirmación de sus esperanzas o de sus temores; la de quienes hicieron de Cuba un horizonte de emancipación y la de quienes hicieron de ella la prueba definitiva del fracaso revolucionario; la de quienes viajaron a la isla y regresaron fascinados, pero también la de quienes vieron aquello que no querían ver y optaron por negarlo.

Esa memoria deberá conjugar experiencias profundamente contradictorias. La fascinación que al joven Vargas Llosa le producía caminar por las calles de La Habana durante los primeros años de la Revolución, celebrando la anunciación de un tiempo nuevo, deberá convivir con el recuerdo del temor que ya comenzaba a recorrer el cuerpo y el alma de Virgilio Piñera y de tantos otros que empezaban a ser hostigados por las patrullas morales de la Seguridad del Estado, porque sus vidas y sus obras no se adecuaban a los estándares del modelo de parametrización. La fuerza de un cine y una literatura que enseñaron a América Latina nuevas formas de narrar nuestras sociedades deberá ser recordada junto con la tristeza de tantos que abandonaron sus casas para emprender el camino del exilio.

Dentro de ese mismo espesor histórico deberán encontrar lugar la imagen de una isla sentida como casa y refugio por miles de militantes perseguidos por las dictaduras del llamado Tercer Mundo y la de quienes vieron partir a sus hijos hacia una prisión o desaparecer en el mar intentando alcanzar la libertad. La isla refugio para algunos, la isla cárcel para tantos otros.

Desde Cuba se proyectó, además, un imaginario político y cultural abrazado por miles de jóvenes, que encendió las calles de Europa y América Latina, alentó la revuelta, estimuló la crítica de las desigualdades económicas y transformó la sensibilidad política de varias generaciones. Todo ello al mismo tiempo que las prisiones cubanas se poblaban de insumisos y disidentes y que el partido único, bajo la autoridad de su líder absoluto, decidía sobre aspectos cada vez más amplios de la vida pública y privada. Hacer convivir esas memorias no será sencillo, pero será inevitable si se pretende comprender lo que fue y significó ese pasado.

La justa memoria

Recordar no significa simplemente conservar el pasado. Significa también interpretarlo y otorgarle un sentido desde el presente en que se lo evoca. Paul Ricoeur dedicó buena parte de su obra a pensar esa problemática relación entre memoria, historia y olvido, y su idea de una «justa memoria» resulta especialmente fecunda para pensar el futuro de Cuba.

La justa memoria no supone que todas las memorias sean igualmente verdaderas ni que todas las experiencias posean el mismo valor moral. Reconocer la pluralidad del recuerdo no obliga a suspender el juicio histórico. La memoria futura de Cuba deberá evitar, precisamente, la confusión entre complejidad y equivalencia.

Reconocer que la Revolución despertó esperanzas genuinas no vuelve menos injustas la persecución política o el aplastamiento de las libertades civiles. Del mismo modo, reconocer la violencia ejercida por el Estado cubano no obliga a borrar aquello que la Revolución significó para millones de personas dentro y fuera de la isla. Una memoria justa debería ser capaz de sostener simultáneamente ambas dimensiones: la pluralidad de las experiencias y la responsabilidad histórica.

Desde esta perspectiva, la Cuba futura deberá evitar dos tentaciones. Una será convertir el fin del régimen en una gigantesca operación de borramiento, actuando como si las décadas transcurridas desde 1959 hubieran sido solamente un error histórico del que fuera posible desprenderse de un día para otro. La otra será conservar el relato de la Revolución como una totalidad cerrada, incapaz de admitir aquello que contradice su auto representación.

Entre ambas posibilidades existe una tarea mucho más difícil: construir una memoria capaz de alojar experiencias contradictorias sin convertir esa contradicción en una nueva forma de negación. Recordar la esperanza y el miedo, la dimensión utópica y la represión, la solidaridad internacionalista y la persecución del disidente, la alegría de quienes encontraron en Cuba un refugio y el sufrimiento de quienes vivieron allí su vida como calvario.

Esa memoria deberá alcanzar también a quienes, desde fuera de Cuba, contribuyeron a construir el mito de la Revolución. Una memoria democrática no debería interrogar únicamente a quienes ejercieron el poder dentro de la isla, también debería preguntarse qué hicimos con Cuba quienes la miramos desde afuera; qué dijeron quienes la visitaron; qué callaron quienes la defendieron; qué argumentos construyeron quienes encontraron allí una confirmación de sus propias convicciones políticas.

No se trata de establecer retrospectivamente tribunales para juzgar las conciencias del pasado, sino de reconocer que los mitos políticos no son producidos solamente desde los centros de poder sino que también son reproducidos y legitimados por quienes los narran y difunden. En ese sentido, la memoria futura de Cuba será asimismo una memoria de nuestras propias ilusiones y obligará a interrogarnos acerca de qué estuvimos dispuestos a ver y qué preferimos no ver cuando Cuba encarnaba aquello que deseábamos que fuera.

Responsabilidad y transición

Cuando este ciclo histórico termine habrá, seguramente, quienes pretendan arrojar por la borda siete décadas de historia. Algunos querrán conservar únicamente la calamidad; otros intentarán rescatar solamente el hechizo. Sin embargo, la historia de la isla demandará un esfuerzo diferente: asumir la complejidad de lo ocurrido sin convertirla en una coartada para la irresponsabilidad.

Será necesario evaluar daños y reconocer responsabilidades. Las sucesivas dirigencias cubanas tendrán que responder por la violencia estatal, la persecución política, la restricción de las libertades y la persistencia de un sistema represivo que sometió durante décadas la vida de millones de personas a una implacable observación ideológica.

También deberá interrogarse el papel desempeñado por las diferentes administraciones norteamericanas y sus políticas hacia Cuba que en tantos momentos contribuyeron, - en un juego ambiguo y perverso- a fortalecer más que a debilitar el régimen.

Ese examen deberá alcanzar, finalmente, a nuestros propios campos intelectuales y políticos, especialmente a quienes durante décadas se negaron a reconocer la violencia ejercida por el Estado cubano porque hacerlo habría significado poner en cuestión una parte de sus propias convicciones. Esa autocrítica no debería asumir la forma de una conversión retrospectiva ni de una autoflagelación, sino la de una responsabilidad intelectual.

Una memoria democrática no debería funcionar como un tribunal encargado de distribuir absoluciones y condenas según las conveniencias del presente. Pero tampoco debería convertirse en un territorio de indiferencia moral donde todas las responsabilidades terminen disolviéndose bajo la palabra «complejidad». La complejidad es un factor indispensable para comprender; pero no puede ser una coartada para la impunidad.

Los humillados de ayer y de hoy reclamarán, con razón, justicia. Allí surgirá otro de los grandes desafíos de una futura transición: responder a esa demanda sin convertir la justicia en revancha y sin hacer de la reconciliación un nombre elegante para el olvido. No existe un modelo de transición que Cuba pueda copiar a rajatabla, aunque experiencias como la sudafricana nos recuerdan algo decisivo: ninguna sociedad construye un futuro democrático haciendo desaparecer el pasado que la divide.

Después de la Revolución

En este punto resulta productivo establecer una diferencia que no es solamente terminológica: la que existe entre un momento «anti» y un momento «post». Un momento «anti» se define por aquello que combate. Su identidad depende del régimen anterior y corre, por eso mismo, el riesgo de reproducir, aunque invertida, la lógica binaria que pretende superar.

Un momento «post» plantea una tarea mucho más exigente: construir algo nuevo sin necesidad de borrar aquello que lo precedió. No significa olvidar ni reconciliarlo todo, sino comprender que una sociedad no puede vivir indefinidamente dentro del acontecimiento que la ha marcado.

Una Cuba democrática tendrá que aprender a vivir después de la Revolución sin necesitar vivir permanentemente contra la Revolución. Si el nuevo orden solo pudiera definirse por su oposición al anterior, el pasado continuaría gobernando el presente, aunque lo hiciera bajo un signo inverso.

Es allí donde la memoria tendrá un papel decisivo. No para dictar una versión definitiva del pasado ni para decretar quién tuvo razón durante siete décadas. Tampoco para reconciliar artificialmente experiencias que acaso nunca puedan reconciliarse. Su tarea será crear las condiciones de una conversación pública en la que esas experiencias puedan ser dichas, confrontadas y transmitidas.

Lo que esa memoria tenga para decir será, probablemente, incómodo, contradictorio y doloroso. Pero una sociedad que pretenda construir democráticamente su futuro no podrá hacerlo a costa de borrar su pasado.

Ese será acaso el mayor desafío de la Cuba futura: no decidir de antemano qué Cuba merece ser recordada, sino crear las condiciones para que ingresen en la conversación histórica las distintas Cubas que coexistieron durante estas décadas: la Cuba de la utopía y la del desencanto; la Cuba refugio y la Cuba cárcel; la Cuba que alimentó esperanzas de emancipación y la Cuba que persiguió a quienes no aceptaron el orden impuesto.

No se trata de absolverlas mutuamente, y mucho menos de declarar que todas fueron moralmente equivalentes. Se trata de comprender cómo fue su coexistencia dentro de ese mismo tiempo histórico. Porque quizá recordar Cuba después de Cuba consista precisamente en eso: en impedir que el futuro vuelva a hacer con el pasado lo que tantas veces el pasado hizo consigo mismo: decidir que solo una verdad tiene derecho a ser recordada.