19.NOV17 | postaporteñ@ 1847

RUSIA EN 1917: LA ANTI REVOLUCIÓN COMO "REVOLUCIÓN" (3)

Por MORA/Ricardo

 

Félix Rodrigo Mora

Esta parte del aporte de Félix Rodrigo es crucial y central. La importancia total de la violencia homicida cotidiana es la clave central de todo el edificio leninista, todo lo demás es capitalismo vulgar y corriente. Lo cualitativo es exclusivamente el terrorismo sistemático de Estado aplicado cotidianamente en todos los aspectos de la vida humana, la esclavitud general del ser humano

Aconsejo leer muy detenida y minuciosamente esta parte porque es una de las mejores descripciones que he visto del proceso mismo de liquidación del ser humano en beneficio del capitalismo y del Estado [1]. Además, es de mucha precisión en la relación entre la búsqueda de la explotación máxima del proletariado industrial y agrícola en beneficio del capital y la sumisión humana total al Estado. Esto es lo que le permite al autor proponer una explicación del fracaso, cada vez más inocultable, de ese modelo de acumulación burguesa que no logró, ni podía superar nunca el retraso y deterioro de la tecnología y de la inteligencia social sustituyéndolo con más y más látigo. La tasa de ganancia del capital en Rusia siguió decreciendo, por más exacerbación de la dictadura leninista (tanto como terrorismo de Estado, como el terrorismo de fábrica y el de la requisición forzosa), la plusvalía absoluta obtenida a golpe de látigo esclavista solo dejó en evidencia el estancamiento generalizado de la plusvalía relativa. He visto pocas veces pegarle tanto en el clavo a los límites de la fase lenino/estalinista y el derrumbe del mito del “socialismo”

Ricardo

RUSIA EN 1917: LA ANTI REVOLUCIÓN COMO “REVOLUCIÓN”

El hábito de la coacción sin límites y la violencia homicida como instrumento cotidiano de gobierno dominó la totalidad de la vida social

Por eso los debates internos y las disputas facciosas por la distribución del poder dentro del partido bolchevique culminaban en pavorosas matanzas, en las que la parte perdedora era encarcelada, torturada y asesinada por la vencedora. Y eso sucedía una y otra vez. Todo ello muestra y mide el colosal grado de deshumanización del comunismo ruso, así como de su ideología rectora, el marxismo, para la cual la confianza en lo humano y la entrega a su realización integral son tildadas de “sentimentalismo pequeño-burgués”. Esa concepción deshumanizada le apartó de lo mejor de las clases populares, y le impidió ganarse a sectores decisivos de la gente modesta, que contemplaba con firme desaprobación ética, aunque a menudo silenciosa por el temor, las brutalidades y malfetrías (abusos de un régimen feudal) que los comunistas realizaban a diario, lo que es descrito con realismo en la novela “Doctor Zhivago”, de Boris Pasternak

Los campesinos, que se habían apoderado de una parte decisiva de las tierras y propiedades de los terratenientes y del Estado zarista en los años 1916-1920 y que realizaron una revolución agraria, entraron poco después en conflicto con el Estado de la nueva burguesía comunista. Éste no podía admitir la autonomía del campesinado y, además, necesitaba superexplotarlo para financiar la industrialización, abastecer a las ciudades de alimentos a precios reducidos y adquirir equipo militar en el exterior. Tal fue la causa de la genocida “colectivización” de los años 1929 a 1932. En ella se pone en evidencia la naturaleza vulgarmente capitalista del nuevo orden, pues en este asunto se sirvió de idénticos procedimientos (aunque aplicados con mucha más virulencia y celeridad) que el resto de los países capitalistas. Aquí el liberalismo desde 1812, y luego el franquismo, hicieron algo muy similar en sus fines y contenidos, aunque con mucha menos violencia y resultados bastante mejores y más duraderos...

La meta del aparato estatal comunista fue establecer el control y dominio absolutos del nuevo Estado en el campo. Con ello esperaba poder extraer enormes cantidades de cereal del agro, una buena parte para la exportación, lo que había realizado el zarismo desde hacía más de un siglo. La única novedad fue que las cantidades expoliadas y luego vendidas en el mercado mundial colosal saqueo se hacía por procedimientos directamente policiales y militares eran muy superiores a las de antaño, y que tan, enviando al campo columnas armadas que se apoderaban de las cosechas, así como de todo lo que podían hallar que tuviera valor, y que detenían, torturaban y asesinaban, o en el mejor de los casos deportaban, a quienes se les oponían o meramente no colaboraban.

Una consecuencia fue el hambre, que mató entre cuatro y cinco millones de personas en las zonas agrarias en los años 1932-1933, aunque algún estudio eleva a diez millones las víctimas mortales del contra racional experimento “colectivizador”. Otra fue la guerra civil crónica, pues la gente rural se defendió. Provocar una hambruna masiva fue, además, un procedimiento fríamente planeado para someter y aplastar al campesinado, que así se vio en una situación límite, terrible. El nuevo capitalismo comunista agravó al máximo la contradicción entre el campo y la ciudad, al sustraer los alimentos al primero para abastecer a la segunda, que no conoció el hambre en aquellos años debido al descomunal expolio de la ruralidad. Esto muestra también que la principal diferencia existente entre el capitalismo bolchevique y el capitalismo clásico, o vulgar, es que el primero llevó hasta sus últimas consecuencias las líneas de actuación del segundo, para lograr, al menos en la intención, los mismos resultados, si bien deseando que fueran cuantitativamente muy superiores y alcanzados en mucho menos tiempo. De ahí que sea apropiado hablar de híper-capitalismo comunista, aunque fallido.

Tal estrategia, ciertamente, no fue efectiva. La “colectivización” constituyó un régimen agrario aberrante, que nunca funcionó, al sustentarse en una coerción tan extrema de la mano de obra campesina que ésta respondió con una formidable resistencia pasiva y apatía laboral, con un desentenderse, una no-colaboración y un sabotaje perpetuo, que mantuvo los rendimientos bajos, incluso cuando se efectuó la mecanización de la agricultura. Todo ello provocó una escasez crónica de alimentos y materias primas, que devino en una de las causas mayores del desmoronamiento de la URSS andando los años. Manejar la agricultura por medio de la coerción extraeconómica fue un traspiés colosal de los comunistas rusos, que pone de manifiesto sus limitadas capacidades intelectuales (por no hablar de las morales), a pesar de que se tenían por oráculos infalibles al servirse de “la ciencia del marxismo-leninismo”

El expolio y aniquilación del campesinado, realizado tras imponer sobre él una dictadura omnímoda del Estado, forma parte del proceso modernizador que en todos los países lleva al capitalismo y lo realiza. Marx lo describe en “El Capital” para el caso de Inglaterra a partir del siglo XVI, en Francia lo efectúa la revolución francesa, en España es integrante decisivo de la revolución liberal, así como de su antecedente, el régimen de la Ilustración, y tras la II Guerra Mundial la Comunidad Europea destina lo principal de sus recursos monetarios y poder coercitivo jurídico-legal al control del campesinado, de donde proviene la funesta PAC (Política Agraria Común), actualmente implementada. En efecto, el Tratado de Roma de 1957 hace del dominio del agro uno de sus designios fundamentales, como lo prueba que la mayor parte de su presupuesto se destinase a esa tarea. Es sustantivo que el Estado español haya necesitado más de 200 años para lograr la dominación del campo (lo que ha llevado a su destrucción de facto, actualmente evidente) con la desamortización civil y el resto de las medidas por él establecidas tiránicamente, mientras que el Estado bolchevique desease conseguirlo en 4 años (1929-1932)... Para eso tenía que multiplicar por mil la constricción, la violencia, el terror, el derramamiento de sangre, el hambre.

La política agraria de los comunistas rusos anuló de facto, en buena medida, la emancipación de los siervos rusos, realizada en 1861, pues devolvió a las gentes de la ruralidad a una situación renovada de servidumbre, a un régimen de neo-servidumbre en bastantes aspectos peor que el antiguo. Si la emancipación de 1861 fue realizada para favorecer el desarrollo económico y la industrialización, la nueva sobre- opresión introducida por los bolcheviques devino un elemento retardatario y negativo para el proceso de industrialización que pretendían efectuar, lo que intentaron superar con un uso al por mayor de lo único en que eran realmente unos virtuosos, la violencia contra las masas. Causa estupor que tales verdades elementales fueran incomprendidas por la elite bolchevique, que se jactaba de ser docta como nadie en asuntos económicos. La operación “colectivizadora” fue tan desatinada (y vandálica) que hoy persisten sus efectos económicos, en primer lugar, la baja productividad del agro ruso. La absoluta incomprensión por el marxismo de la noción y la categoría de libertad está en la base de tan espeluznantes desatinos.

La antirrevolución de 1917constituyó un capitalismo de Estado que abarcaba a todas las ramas de la industria, las finanzas y los servicios, y desde 1932, la agricultura. Las formas principales de la explotación de los trabajadores fueron la extracción directa de plusvalía en el puesto de trabajo y el régimen tributario. Aunque la nueva burguesía no aparecía como formalmente propietaria de los medios de producción lo era de facto, en el quehacer económico diario, y de manera absoluta, pues dirigía al cien por cien el proceso productivo, tomaba todas las decisiones y se apropiaba de la totalidad del plusproducto, de la riqueza generada. El régimen salarial se mantuvo, empeorado, además, pues la naturaleza militarista del orden comunista hizo que adoptase rasgos esclavistas, lo que ocasionó su degeneración por regresión.

Otra prueba de la naturaleza prosaicamente capitalista del régimen fue que la planificación de la economía la copiaron los bolcheviques del plan productivo nacional elaborado por el Estado Mayor alemán en la Primera Guerra Mundial, lo que es otro dato más que reafirma la conclusión sobre que el comunismo ruso fue una forma de militarismo, y por ello de capitalismo. No hace falta argüir que eso no tiene nada de socialista, pues se reduce a conformar un capitalismo dirigido por el Estado más rigurosamente de lo habitual, aunque los planes quinquenales soviéticos eran sobre todo vanilocuencia publicitaria y solían incumplirse, al no lograr someter a su dictamen al cien por cien a las leyes básicas objetivas del beneficio, el dinero y el mercado, por más distorsionado que estuviera este último en tales circunstancias. La planificación económica sirvió sobre todo como arma propagandística, para hacer creer a las gentes dentro y fuera de la URSS que los bolcheviques “dominaban” la actividad productiva y podían conseguir que ésta quedase libre de crisis cíclica y antagonismos retardatarios, desenvolviéndose exitosamente, logrando un crecimiento continuado elevado... Cuando esa prodigiosa trola se desintegró por choque con la realidad, a partir de los años 60, en la “etapa del estancamiento (económico)”, el régimen comunista se encontró desprovisto de una parte sustantiva de su argumentario justificativo.

Se ha de tener en cuenta que el éxito mundial del credo comunista, que se dio y fue muy real hasta los hechos de Hungría en 1956, se sustentó en la perversa esperanza de que fuera capaz de constituir un orden económico de máximo producción y máximo consumo. Que eso sea imposible, también por razones físicas, al vivir en un planeta finito, lo que ya fue señalado por Simone Weil el año 1934 (en “Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social”), no arredró a los seguidores de tan fúnebre chifladura. Nótese que ésta es rematadamente burguesa, extraída del arsenal de ofertas demagógicas efectuadas por la revolución liberal, destinadas a dotarse de una base de masas, de donde la toma Marx, quien también en esto pone en evidencia su escasa originalidad y creatividad intelectual. Quienes desean “la revolución” para consumir más, para vivir plenamente como cerdos, y no para ser mejores, en lo intelectual, convivencial y moral, se merecen el tristísimo final que ha tenido el marxismo y sus derivaciones.

El uso demagógico de la codicia, del deseo de riquezas y bienestar material, como argumento reclutador y movilizador, descalifica a Marx. Es más, le presenta como realmente es, un adocenado burgués habilísimo en el enmascaramiento y el camuflaje, en el error, el embeleco y la demagogia.

Los trabajadores en la Unión Soviética eran nada más que fuerza laboral y mano de obra, sin participar lo más mínimo en las tareas de dirección y gestión, con unos salarios que les mantenían en un estado de pobreza. Si elevaban la voz para protestar o, mucho más, si efectuaban paros o huelgas (lo que sucedía a menudo) eran reprimidos con gran dureza por el “Estado del proletariado”, y si se les calificaba de, por ejemplo, “saboteadores contrarrevolucionarios” tenían asegurada la tortura y, en caso de sobrevivir a ella, el tiro en la nuca o el pelotón de fusilamiento. Sometidos a jornadas interminables de trabajo, con unas condiciones laborales pésimas y unos sueldos míseros, carentes de cualquier libertad política, civil y de conciencia, y continuamente aleccionados, se fueron refugiando en el alcohol barato, lo que ocasionó un grave problema, a la vez económico, social, laboral, relacional y médico, que se hizo perentorio en el fracaso de la Unión Soviética.

Como consecuencia, el trabajo se degradó más y más en Rusia. El híper-capitalismo comunista se enamoró de la “organización científica del trabajo” preconizada por F. Taylor y sus discípulos, dirigida a anular la autonomía al trabajador en el acto productivo, con el propósito de maximizar la dictadura del empresario, hacer ejecutar sus órdenes con rigurosidad y elevar el grado de explotación. Lenin llegó tan lejos en su DISTOPÍA liberticida y deshumanizadora que advirtió arrogantemente en 1918 que “la tarea que el gobierno soviético debe cumplir en toda su amplitud (sic) es enseñar a trabajar”. Es decir, el obrero ¡no sabía trabajar! y era el régimen comunista, integrado por intelectuales burgueses palabreros, parasitarios y abusadores, quien debían enseñarle a hacerlo, ¿Cómo?, aplicando el taylorismo en sus versiones más rotundas y dolorosas, más mutiladores de la personalidad y capacidades del trabajador [2]

De ahí resultó otro de los extravíos del “socialismo” soviético, el movimiento estajanovista que, de 1935 en adelante, se propuso elevar la productividad del trabajo en la URSS. Su fundamento era, según se ha dicho, la aplicación de las deletéreas formulaciones de Taylor y los suyos. El balance es que los resultados económicos fueron insignificantes, cuando no negativos (desorganizó la producción sin llegar a constituirse en práctica estable y consolidada), debido sobre todo al boicot de la gran mayoría de los proletarios. Pero se convirtió en un elemento más para sepultar a la clase trabajadora industrial de Rusia en el infierno del salariado. La dictadura de la nueva burguesía dentro de la empresa se reforzó, en efecto, sin que eso mostrase ninguna mejora productiva perceptible, como suele ser habitual, pues el taylorismo lo que pretende es expandir el poder del capitalista y sus agentes en el centro de trabajo, y sólo secundariamente incrementar los rendimientos, algo poco habitual.

El híper-capitalismo soviético quiso realizar el sueño de todos los empresarios del planeta, someter a los trabajadores a “la organización científica del trabajo”, lo que la burguesía occidental no lograba, salvo de manera parcial y ocasional, por la fortísima resistencia que ofrecía el proletariado. Esto prueba, asimismo, cuál es la verdadera naturaleza del comunismo, a saber, el capitalismo en sus manifestaciones más extremistas. Mientras en la URSS se imponía a viva fuerza el taylorismo y sus derivaciones, en Occidente los partidos y sindicatos obreros resistían su aplicación, sin que ello les llevase a denunciar lo que al respecto se estaba haciendo en “el país de la dictadura del proletariado”. Tal es manifestación del culpable acriticismo con que se consideró todo lo que venía de Rusia, tenido por sustantivamente “revolucionario” y “proletario”...

El asunto de “la organización científica del trabajo”, presentada como determinante por los jefes del régimen soviético, indica que éste era una variante de dictadura burguesa/estatal, pues de haber sido, como se decía, “el poder de la clase obrera”, jamás habría admitido someterse a aquélla, un sistema de coacción, sumisión, degradación, despersonalización, robotización y tortura para el proletariado.

El trabajo productivo fue utilizado por los bolcheviques con los mismos fines, aunque con más autoritarismo, que el resto de las clases explotadoras de la historia. Una de sus funciones de dominación es contribuir al embrutecimiento del trabajador, pues pocas actividades embotan tanto la mente y envilecen globalmente a la persona como el laborar incesante con fines productivos, de donde resulta sobre dominación política y social. Por eso en una sociedad libre, popular, el tiempo de trabajo debe ser limitado, y la forma de realizarlo libre, no impuesta desde arriba sino autodecidida por los trabajadores. Los bolcheviques, al mismo tiempo que forzaban a los obreros a destinar todo su tiempo y energías a la producción, para “construir el socialismo” argüían, organizaron parodias burlescas como la de los “sábados comunistas”, ocurrencia de Lenin por lo que parece. Ese día de la semana los orondos jerarcas abandonaban sus despachos y marchaban a algunos centros de trabajo a realizar un simulacro de producción durante unas pocas horas, rodeados de una jauría feroz de soldados y policías que les protegían de los auténticos trabajadores.

Nada hay en eso de original: Mussolini, el ideólogo del fascismo, gustaba de fotografiarse hoz en mano y torso desnudo sobre un fondo de haces de cereal, para mostrar a sus atemorizados súbditos que él también era un “verdadero proletario”. Lenin escogió para ello un taller ferroviario... Tales mofas a los trabajadores se basan en la negación dolosa de una norma democrática axial, que las funciones gubernamentales no pueden ser remuneradas, que no han de existir ni político ni funcionarios profesionales, que todas las personas están obligadas a vivir de su trabajo. Si el pueblo ha de autogobernarse, las magistraturas políticas y administrativas tienen que ser conferidas por las asambleas populares, por un tiempo limitado (un año y no más), y quienes las desempeñen han de realizar sus funciones al mismo tiempo que continúan trabajando productivamente. Solo así puede existir un gobierno popular, por tanto, una verdadera democracia. En la URSS los prebostes bolcheviques se cansaron pronto de los “sábados comunistas”, una vez que comprobaron que su efectividad propagandística era muy escasa, es decir, que no engañaban a nadie...

Al lado del capitalismo estatal siempre existió en la URSS, desde el principio, un potente, diverso y activo capitalismo privado, integrado sobre todo por los afiliados al partido comunista. Éstos poseían privadamente una parte no pequeña y, según fueron transcurriendo los años, creciente, de bienes, en especial suntuarios (joyas, divisas extranjeras, obras de arte, etc., y también negocio inmobiliario, etc.) a la vez que recursos productivos. La corrupción, universal en el partido, más allá de su significación jurídica, política y moral era, en tanto que acontecimiento económico, un procedimiento rutinario para expandir el capitalismo privado a costa del estatal, como sucede en todas partes. El sector empresarial particular debió superar al de Estado ya en los años 60, lo que se manifestó con la constitución de las célebres “mafias” de la URSS, o consorcios capitalistas privados alegales (pero no ilegales) operando en todas las ramas de la producción y la comercialización, sin olvidar el sistema financiero. Los análisis doctrinarios de la historia de la Unión Soviética, aún numerosos, minimizan o niegan la existencia del capitalismo particular desde el primer momento de la “revolución” pero los estudios empíricos muestran su general presencia y enorme vigor.

Los marxistas rusos constituyeron un sistema económico entregado a, por un lado, la producción de armamento y, por otro, de bienes de lujo y disfrute para los poderhabientes y sus adláteres, con una tercera rama también de bastante peso, la de la propaganda y el adoctrinamiento (impresión, prensa, industria gráfica, radio, cine, etc.). El primer sector necesitaba de una desarrollada y variada industria pesada, así como de una activa producción de maquinaria, sin la cual no puede fabricarse el equipo militar moderno. En consecuencia, las necesidades populares eran menospreciadas, no sólo las de alimentos sino la de medios de vida básicos elaborados en la industria ligera (que recibía muy escasas inversiones) y la artesanía (que deseaban liquidar), lo que se agravó con las campañas institucionales en contra de la artesanía popular de autoabastecimiento, a la que los inicuos publicistas del sistema tildaron de “actividad capitalista” y “residuo de un pasado tenebroso”. Como consecuencia, escaseaba todo lo más básico, lo imprescindible para la vida de la gente común, aunque no el alcohol de ínfima calidad, el vodka barato y tóxico, que jamás se agotaba, con precios muy bajos. El recurso al alcoholismo de masas para el dominio mental, ideológico y político, de las masas es otra de las artimañas que el régimen “socialista” hereda del zarismo, quien llevaba siglos valiéndose de ella. Cambiaron los regímenes y los gobiernos, los calificativos y la retórica, pero lo esencial del orden clasista se mantuvo...

El sistema capitalista comunista, estatal-privado, tuvo una clase poderhabiente y neo-burguesa provista de una fabulosa capacidad para el derroche, en fiestas, comilonas y bacanales, en cacerías y viajes de placer, en residencias suntuosas (dachas), rameras, alcohol y viandas exquisitas (eso incluso cuando la población trabajadora pasaba hambre y se daban casos de canibalismo), en limusinas, automóviles de lujo, trenes principescos y aviones especiales, en verdaderos ejércitos de escoltas y guardaespaldas, en legiones compactas de criados, amas de llaves, domésticos, institutrices, lacayos, camareros y cocineros, todos al servicio de los crápulas comunistas. Estos confiscaron para sí los palacios y mansiones de la realeza y la aristocracia, empezando por el formidable conjunto del Kremlin, manifestando incluso en esto que eran sus herederos y continuadores, lo que no ocultaban, pues les agradaba referirse, con beata unción, a los tiempos del zar Iván el Terrible y la zarina Catalina la Grande.

El libro “La corte del zar rojo”, de Simon S. Montefiore, excelentemente documentado y por eso creíble, describe la vida privada de la elite estatal y empresarial bolchevique hasta mediados de los años 50, durante el periodo determinante, fundacional y de asentamiento, del régimen. Incluso en el título el autor enfatiza la continuidad entre el viejo zarismo, monárquico y clerical, y el nuevo zarismo, marxista y “revolucionario”. Una derivación de todo ello fue la aparición de una juventud dorada formada por los hijos de la oligarquía comunista, una gentuza violenta, alcohólica y todopoderosa, inútil para cualquier labor positiva, que intimidaba a la gente de la calle con sus chulerías y que poseía poder para perpetrar las maldades que le viniese en gana.

Aquél saca a la luz pública las francachelas de la nueva clase burguesa, con los jerarcas rematadamente borrachos en pantagruélicos banquetes y tragantonas, relata el enjambre de “bailarinas” (tal era el eufemismo para las meretrices al servicio de los jefes comunistas) que les rodeaban y muestra su uso habitual de toda la gama de bienes de lujo, vanidad y goce, que les eran proporcionados con ilimitada generosidad por el Estado “socialista”. Ciertamente, los jefes y amos comunistas llevaban una vida de cerdos, de la que se sentían orgulloso, asunto que proviene también de la ausencia de criterios morales, valores civilizatorios y exigencias axiológicas propias del marxismo, que en esto como en todo se adscribe a la cosmovisión burguesa, abiertamente amoral e inmoral, torpemente hedonista, epicúrea y placerista. Pocas elites mandantes de la historia han sido tan despilfarradoras y gozadoras, tan fruidoras, disolutas y fiesteras, como los comunistas rusos. En esto eran incluso peores que la aristocracia y gran burguesía zarista, como también lo fueron en el grado y nivel de la violencia estatal y la represión policial-militar de las clases trabajadoras.

Pero el libro de Montefiore confunde a sus lectores en una cuestión no menor, al reducir esa existencia de perpetua bacanal a la jefatura máxima del partido comunista. No era así, dado que, en cada república soviética, población, ministerio, departamento, cuartel y unidad productiva los jefes locales hacían lo mismo que los prebostes del Kremlin, cada grupo a su nivel. El conjunto lo formaron, por tanto, cientos de miles de personas entregadas a goces porcinos extremadamente despilfarradores, costosísimos, que contribuían a deprimir aun más a la enteca economía soviética, sólo eficaz en la producción de armamento y productos de lujo, lo que pone en evidencia que todo régimen económico sirve a un orden político determinado, en este caso al militarismo bolchevique, clasista y elitista hasta lo superlativo.

Los crecidos gastos suntuarios y de francachela, unidos a los costes colosales del inflado aparato policial, sin olvidar lo destinado a propaganda, y sobre todo, el peso del descomunal poder militar, contribuyeron a que la economía soviética marchara siempre malamente en lo referente a proporcionar a la población medios de vida básicos, e incluso la situación emporó al final de la existencia de la URSS.

Félix Rodrigo Mora


[1] No quiero entrar aquí en problemas que son realmente secundarios, como por ejemplo los terminológicos y por eso lo pongo en nota para que quede claro que son efectivamente secundarios. Por ejemplo, me choca evidentemente mucho que se hable de “burguesía comunista”, “capitalismo comunista” o “aparato estatal comunista” tanto como quien hablase de “revolucionario pacifista”, de feudo capitalista o de “país socialista”. El antagonismo social real hace que la expresión pierda todo sentido, la burguesía es necesariamente capitalista, el Estado ruso también, capitalismo y comunismo son excluyentes totalmente. En rigor me parece un error, una inconsecuencia y hasta una concesión del autor. Pero rechazo totalmente invalidar un contenido por presentar ese tipo de problemas que objetivamente resultan totalmente secundarios. Intuyo que el propio autor sabe perfectamente que es incoherente hablar de burguesía o Estado comunista y que lo hace porque no puede redefinir todas las palabras en función de un contenido más claro. (nota de Ricardo)

[2] Un estudio de este asunto en “Frederick W. Taylor y la organización científica del trabajo. Taylorismo y trabajo en la Unión Soviética”, contenido en “Homo Faber. Historia intelectual del trabajo, 1675-1945”, Fernando Díez Rodríguez.


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