Las cenizas mortales del Pipí, Sergio López Burgos
descansan en la mar de la costa montevideana
El viento inclemente soplaba sin tregua. El (la) mar, que es este Río de la Plata, amarronada y espesa rompía contra las piedras que protegen el murallón de su furia constante. Y el esqueleto del faro, herrumbroso y olvidado, solo alcanzaba como elemento de referencia, “estamos ahí, en la punta, al lado del faro”, al que llegábamos después de caminar por una larga y desolada cinta de hormigón con las olas del poniente batiéndose con saña contra todo obstáculo, contra todo límite, contra toda claudicación
La blanquecina espuma nos salpicaba y algunos más que otros, absortos en otros mundos, fueron abrazados por esa lluvia-mar que nos esperaba, que lo esperaba, que nos ha esperado siempre. No éramos todos, pero estábamos todos.
En este acto de contrición activa donde la evocación personal y subjetiva se valida en la experiencia colectiva que nos hizo ser, que nos marcó y nos dio enjundia el recuerdo del Pipi/Cacho nos abrazó como siempre lo hizo con pasión y una enorme humanidad. Y nos agrupó más allá de los tiempos, más acá de las opiniones, por encima de las coyunturas, por fuera de la tarea específica.
Nos apiñamos en el recuerdo como un niño llorando reclama el regazo materno. Y aquel carácter extremo o las salidas altisonantes y hasta sus propias “calenturas” impacientes, nos fueron empapando el ánimo lentamente como la evidencia lacerante de las presencias ausentes.
Hay quien lo conoció más tiempo, quien compartió más acciones, con quien cobijó más proyectos, con quien sostuvo más ilusiones, quien acompañó más madrugadas de beberaje. Hay con quien compartió más besos, más caricias, más ternura. Más todos juntos apenas creamos el esbozo de lo que fue, lo que quiso, lo que añoró, lo que extrañó, lo que sufrió, sus dolores.
Sus soledades. Sus silencios, profundos silencios en medio del ruido de su apresurada verborragia. Y su mirada inquieta tras los cristales de miope nos interroga aún hoy llevándonos a bucear en nuestro interior a la búsqueda de alguna respuesta.
Quizá no la correcta, ni siquiera la que él espera pero impidiéndonos la tranquila escusa, el conformismo paralizante, la paz del no se puede.
No puedo hacer la hagiografía de Sergio, entre otras cosas porque no era un santo para los cuales se inventó el término y la actividad; no la puedo hacer porque hay empresas que me exceden en mucho y no por mucho empeñar se obtienen mejores resultados.
Pero sí quiero en esta semblanza de lo que fue tirar sus cenizas mortales al Río de la Plata en esta tarde soleada de abril de 2013, con el otoño asomándose a nuestro hoy, pensar que en esas aguas (las mismas?) nuestros compañeros lo van a recibir y acompañar sabiendo lo inclaudicable de su lucha por hacerles justicia, por saber su verdad.
Hasta siempre Pipí, arriba los que luchan!!!!!!