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Lucas Mansilla: el Negro Jefe

 Contraviento 24 septiembre, 2026 Redacción

El pasado martes se presentó en la librería Puro Verso «A cara de perro», del periodista y escritor Alfonso Lessa, editado por Penguin Random House.

Se trata del fruto de largas conversaciones del autor con Lucas Mansilla, un dirigente clave del MLN que tuvo un rol protagónico en la decisión de abandonar la lucha armada de esa organización, cuando un sector importante, con apoyo de Cuba y de grupos terroristas argentinos, seguía con planes de lanzar nuevos ataques en territorio uruguayo.

La presentación estuvo a cargo de Luis Nieto y Fernando González Guyer, entonces miembros del MLN que apoyaron a Mansilla, y de Silvia Ferreira, que recordó los encuentros que Wilson mantuvo en el exilio con Mansilla y otros miembros del MLN, en el proceso de reinserción en la vida democrática.

Mansilla falleció antes de ver el libro publicado.

El que sigue es el texto de la presentación que hizo Fernando González Guyer


 

Antes que nada, agradezco la invitación y felicito a Alfonso Lessa por haber logrado lo que parecía imposible: entrevistar largamente a Lucas Mansilla para ofrecernos hoy este impresionante libro que nos permite iluminar un capítulo muy sensible de nuestra historia que aún permanecía –y permanece- en muchos aspectos sumido en un cono de sombra.

Este libro viene a rescatar del olvido a un gran marginado de la historia tupamara. Fíjense ustedes si será cierto lo que les digo, que el otro día cuando tuve que cancelar una reunión con un amigo, explicándole que hoy tenía un compromiso para participar en la presentación de este libro sobre Lucas Mansilla me respondió: “No sé nada de Mansilla, más que luchó en la Vuelta de Obligado a “cara´e perro” contra los ingleses…” (vale aclarar que aquel Mansilla de 1845 al que aludía mi memorioso amigo no era Lucas sino Lucio…).

En rigor, el libro debería subtitularse “el tupamaro que se llamó a silencio” porque si bien es cierto que la historia “oficial” tupamara ninguneó y silenció el rol de Lucas Mansilla, también es cierto que los sucesos en los que se vio involucrado el Negro Marcelo fueron, como ya veremos, tan dolorosos y traumáticos que él mismo se sumió en el más absoluto mutismo, optando por una vida discreta y alejada del escrutinio público.

Para todos los periodistas e historiadores de lo que se ha dado en llamar “la historia reciente”, el Negro Marcelo era la figurita “sellada”, el gran entrevistado ausente, la figura fantasmagórica de la que todos hablaban, pero que nadie había logrado “asir” periodísticamente para conocer de primera mano los relatos y su versión de la historia tupamara, en la que él tuvo un rol central desde muy joven, cuando conoció a Raúl Sendic, en sus pagos colonienses.

Alfonso Lessa resultó ser el elegido: al final de sus días cuando seguramente intuyó, como los elefantes, que se le acababa la vida –pocos meses antes de su muerte- el Negro lo llamó espontáneamente para decirle –urgirlo- que quería verlo para contar su historia y su versión de los hechos.

Corresponde decir entonces que este libro que tenemos entre manos es casi “milagroso”.
Pero debo confesar que lo primero que me asalta aquí ante ustedes es el “síndrome del impostor”, el del que se levanta por la mañana y piensa “Uy, hoy me van a descubrir “… y a continuación me pregunto ¿qué cuernos hago yo aquí sentado habiendo tantos compañeros que tuvieron una relación bastante más estrecha y cercana con nuestro recordado Negro Marcelo? Pero inmediatamente me embarga otra sensación, bastante más inquietante, por cierto, la de notar que soy uno de los cada vez más escasos sobrevivientes de aquella “gesta renunciante” que vino a cerrar un ciclo de la historia tupamara.

“Pues sí: tengo 75 años: ¿no suena ridículo? ¡Con lo joven que he sido siempre!”, declaró alguna vez Fernando Savater, tan asombrado como yo en este instante…

Mi relación con Lucas Mansilla fue permanente desde 1972 y a lo largo de todo mi exilio primero en Chile, pero sobre todo en Europa y luego, de regreso, ya en nuestro país, durante la etapa en que, junto con Mariano Berro, ofició como secretario de Alberto Zumarán en el senado.

Pero la presencia del Negro Marcelo se hizo sentir con mucha fuerza y fue absolutamente gravitante, también a través de Luis Alemañy, nuestro recordado Prudencio, el Prude, que ya no está entre nosotros, marcando decisivamente muchas de mis opciones políticas y vitales.
Durante el período de su exilio en Lyon –a partir de 1975/76- no sólo que lo visité –yo vivía en Ginebra, a pocas horas de tren- sino que en ese período mantuvimos abundantes intercambios epistolares.

Leyendo el libro me entero que él me consideraba uno de sus principales referentes en Europa: “Luis Nieto en Madrid y el Gaucho González Guyer en Ginebra”: ¡vaya distinción la que me hace!

Un hombre que trataba de «usted» a los amigos

Sumamente afectuoso y afable, de habar calmo y pausado, siempre en voz baja, se dirigía a todo el mundo de Usted, sin importar a quién tuviese delante. “¿Cómo le va Gaucho?… todavía me parece escucharlo: esa “manía” tan suya de tratar con extrema cortesía y respeto a todos sus interlocutores queda incluso sin querer registrada en el libro cuando se transcriben textualmente algunos de sus dialogados con Willy Whitelaw, en los que se tratan de Usted, aunque ambos eran como hermanos.

Cuando llegamos en el 72 a Chile, iniciando el periplo de nuestro exilio que duraría 13 larguísimos años, el Negro era nuestro dirigente y referente máximo.

El proverbial espíritu juguetón y transgresor que lo caracterizaba queda de manifiesto en esta anécdota que me relató Juanjo Cabezas, el Flaco Cleanto, entrañable personaje que sin duda muchos de ustedes conocen: cuando se organiza una de las primeras reuniones de tupas en Chile, todos los participantes estaban encapuchados –producto de la obsesión clandestina que aún nos acompañaba- y de golpe, para sorpresa de todo el mundo, el Negro se arrancó la capucha de la cabeza al tiempo que exclamaba “¡¡Dejémosnos de pavadas!!, significando con aquel gesto disruptivo que una nueva etapa histórica se estaba iniciando.

El Negro en el exilio ya estaba rodeado por un halo de leyenda, por todas las operaciones tupamaras en las que había participado, como bien se relata en el libro, y porque – con apenas 26 años – Sendic lo ungió como su sucesor cuando cayó preso en agosto de 1970. Poseía ese carisma misterioso -y silencioso- de los que entran a una sala y todo se orienta de golpe y gira mágicamente en torno a ellos, aunque no digan ni una sola palabra. El Negro fue cualquier cosa menos un doctrinario y creo que eso queda bien en evidencia en las charlas que mantuvo con Alfonso. La única vez que le escuché una cita fue de Jorge Luis Borges: «Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero es nuestro deber edificar… como si fuera piedra la arena»…

Y, qué casualidad, el libro también se cierra leyendo el Negro un largo párrafo de Borges, sacado de Utopía de un hombre que está cansado.
Aunque el Negro tiende a minimizarlo y a soslayarlo, llamándole apenas un “resfrío”, lo cierto es que después de la derrota –y probablemente producto de compañías poco recomendables como la del ERP en Argentina-, se nos contagió esa enfermedad del marxismo-leninismo que tanto contrastaba con el eclecticismo político, nacionalista, pragmático y humanista que había animado a los fundadores del MLN en los años 60, enfermedad que sería más o menos inocua si no fuera porque conlleva esa pretensión de “verdad científica” en todas las esferas de la sociedad, de la historia y de la vida, que – como vinimos a descubrirlo más tarde- conduce inexorablemente a la intolerancia, y en última instancia a la tiranía.

Es la aguda conciencia de que sólo nos es dado acceder a parcelas de verdad lo que nos salva de la intransigencia y del autoritarismo.
Nadie mata por el 80% de la verdad.

La renuncia al marxismo – leninismo 

Es decir que renunciamos a la lucha armada, pero en un segundo “movimiento” renunciamos al marxismo-leninismo que como un sarampión nos había atacado desde aquella “autocrítica” de 1973, en el famoso Simposio de Viña.​

El “Gordo Domingo” –Domingo Rolando- un veterano compañero que aparece reiteradas veces en los relatos, se alojó con su familia en mi casa en Zúrich cuando tuvo que rajar de Buenos Aires y compartió conmigo una larga carta que recibió de Zelmar Michelini, en la que “el Pito” –como le decían- le informaba sobre la compleja situación imperante, y se refería reiteradas veces con cariño y respeto a Lucas Mansilla como el “Negro Jefe”, lo que me dio entonces la pauta de las relaciones de extrema confianza que entre ellos se habían entablado.
Y no es que el Toba y Michelini se hubiesen en algún sentido “tupamarizado” –como intentó hacerle creer la dictadura al país con los infames asesinatos – sino que los tupas-renunciantes se habían “republicanizado”, producto de las circunstancias, pero también por la influencia decisiva de aquellos dos personajes extraordinarios. Llegaría luego Wilson a Europa, para ayudarnos a completar nuestra acelerada conversión democrática.​

Los detalles de mis últimas charlas e intercambios europeos con el Negro se me pierden en la distancia.

De algo puedo dar fe, sin embargo: a ambos nos espantaba hacia el final del ciclo tupamaro sobre todo “la barbarie” de nuestros propios compañeros, esa que el Negro y los renunciantes sufrieron en carne propia hasta con condenas a muerte y acusaciones infames; pavor nos generaba antes que nada la perspectiva de ese “paredón que –si ganábamos- se iba a construir desde Montevideo hasta Villa Constitución…” como menciona el Negro, con muy buena imagen.

Recuérdese que lo que se preparaba era una “Gran Ofensiva” para colocar al país en estado de insurrección y al MLN en las puertas del poder, y yo me vengo a enterar ahora con sorpresa, y leyendo estas páginas, que éramos -sólo en la Cuba- un considerable ejército de 800 mujeres y hombres, entrenados para el combate.

Como lo cuenta el propio Marcelo habíamos logrado una “enorme acumulación de armas y gente, gente preparada como nunca había tenido el movimiento tupamaro para atacar el Uruguay”, y también me vengo a desayunar que disponíamos incluso de un avión, y en Argentina de un fabuloso arsenal, “un garaje de media manzana lleno de armas incluyendo fusiles, ametralladoras, pistolas y granadas”.
“Teníamos para matar mucho” dice textualmente el Negro”. “Jamás, nunca, tuvo el MLN un arsenal semejante. Nunca”. En fin: como se ve, no era moco ‘e pavo aquella “invasión” que se estaba preparando y que, con su histórica decisión, vinieron a truncar los renunciantes.
Corresponde recodar que los “renunciantes” se enfrentaban entonces en la dirección del MLN a un sector que contaba con el apoyo de los cubanos y se respaldaba en la infraestructura y el aparato armado del ERP -la autodenominada “tendencia proletaria”-, signada por la verticalidad y el militarismo extremo, que sostenía con fe ciega el papel irremplazable de la lucha armada.

El peligro de la «tendencia proletaria»

Creo que a esa altura de los acontecimientos lo que sobre todo nos horrorizaba no era tanto -o solamente – la lucha armada y la posibilidad de un baño de sangre, sino la mera perspectiva de que aquellos militaristas de la “tendencia proletaria” pudieran adueñarse del poder algún día.
Pasaron a estar entre dos fuegos, por un lado, los militares que a los que más buscaban para eliminar era precisamente a los “renunciantes” –como lo hicieron con Rosario Barredo y Willy Whitelaw- y por otro, la propia interna fanática del MLN que los había declarado traidores y también los buscaba para matarlos. Acicateados por el ERP, los violentistas prepararon una trampa para asesinarlos en aquel octubre del 74 cuando renunciaron a la dirección, y si no los mataron fue porque Dios es grande.

Aquellos episodios -y los que siguieron luego- fueron tan dolorosos para el Negro que, reitero, no fue tanto “el tupamaro silenciado” como “el tupamaro que se llamó a silencio”, mezcla de pudor y espanto.

Como la historia no se repite, pero a menudo rima –y vaya si rima-, permítaseme terminar parafraseando a Chávez Nogales, un periodista republicano español que escribió en 1937 un libro sobre la Guerra Civil para pintar el panorama y la atmósfera intelectual de aquel “Adiós a las armas” que rodeó la dramática ruptura de 1974 y los años subsiguientes, y que refleja a la perfección el espíritu de las charlas e intercambios que mantuvimos con el Negro y el resto de los renunciantes –muy especialmente con Prudencio- reflexionando sobre aquellos tiempos convulsionados.
….
Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que partieran a España, escribía hace justo 90 años Chávez Nogales en el prólogo de su libro “A sangre y Fuego”.
Y continuaba: Nosotros aparentemente habíamos contraído méritos bastantes para haber sido fusilados por los unos y por los otros. Nos fuimos cuando tuvimos la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, fue entonces que nos apartamos con miedo y con asco de la lucha armada y del dogmatismo sectario que nos había enfermado.

El resultado final de aquella lucha violenta ya no nos preocupaba demasiado. No nos interesaba gran cosa saber si el futuro tirano que iba a gobernar nuestro país iba a salir de un lado u otro de las trincheras. Era igual. El triunfador que al final hubiera de asentar sus posaderas en el charco de sangre de nuestra patria con el cuchillo entre los dientes –según la imagen consagrada–, ese que iba a mantener en servidumbre a los orientales sobrevivientes, podía salir indistintamente de uno u otro lado.

En la guerra sucumben los mejores

Los hombres que comandarían el país superviviente surgirían en todo caso merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra, que siempre hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? Era indiferente: tanto daba. Fuera el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendría, como primera providencia, que renegar del ideal que, dispuesto a morir y a matar, lo tenía clavado en su trinchera. Sea quien fuere, sería indefectiblemente un traidor a la causa que entonces defendía…

En fin, recordar y reivindicar al Negro Marcelo –cosa que este libro que hoy presentamos hace con justicia y excelencia periodística- es no envenenar el alma las nuevas generaciones sacando del ropero los fantasmas que tanto nos costó enterrar; erradicar definitivamente todo el discurso de intolerancia y de odio, de buenos y malos, de nosotros o ellos, que trajo aparejado aquel cataclismo uruguayo que nos costó tantos sufrimientos, tantos muertos y doce años de dictadura.

¡Podría habernos salido más barato!

Algún sabio sostuvo que se precisan 2 años para aprender a hablar y 60 para aprender a callar, así que yo, que pasé con holgura ese límite de edad -y los minutos que me fueron asignados- voy a optar ya mismo por el silencio, no sin antes solicitar, como hacen algunos oradores en el parlamento, “que pasen estas palabras, para su debida difusión, a todas las escuelas secundarias del país”.
Gracias a Alfonso por la invitación y a ustedes por la paciencia de haberme escuchado…

 

 https://contraviento.uy/2026/09/24/lucas-mansilla-el-negro-jefe/

 

 Presentación del libro por A. Lessa

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