Hoenir Sarthou voces 3 sept 26
He perdido la cuenta de la cantidad de leyes y de normas constitucionales que se incumplen o directamente no se aplican en el Uruguay.
Gobiernos que endeudan al país y regalan sus recursos por cincuenta o sesenta años, cuando la Constitución les prohíbe disponer gastos para más allá de su período de ejercicio. Contratos que se firman en secreto, sin control de nadie. Cargos de jefatura asignados a dedo, como interinatos y encargaturas, en todos los organismos públicos, en lugar de llamar a concurso. Disposiciones impresentables, sobre muy diversos temas, escondidas inconstitucionalmente en las leyes presupuestales para que pasen desapercibidas. Altos jerarcas del Estado que reciben regalos y rebajas, o conceden indebidamente pasaportes, o levantan sanciones a sus amigos, o usan la “puerta giratoria” para controlar a empresas de las que antes fueron -o después serán- gerentes o apoderados.
Y no pasa nada. Nadie renuncia. Nadie va preso.
Dicen que el pescado se pudre por la cabeza. Y es cierto.
¿Cómo sorprendernos entonces de que el sistema de salud no cure, el de enseñanza no enseñe, de que los Bancos –en especial el República- apañen fraudes contra sus clientes, de que nadie controle la composición y calidad de las vacunas que se suministran, de que las empresas más ricas no paguen impuestos, de que la plata de viviendas sindicales se esfume, de que proliferen las “bocas”, de que la violencia aumente, de que la policía no intervenga, de que todos los días se cometan homicidios que nadie investiga ni aclara?.
Seamos claros: todo acto de corrupción y todo acto de violencia son siempre infracciones a normas de derecho. Convivencia y derecho no son cosas distintas. Las sociedades corruptas y violentas no nacen de la nada. Empiezan con pequeñas infracciones. Hoy una coimita, mañana un cerrar los ojos ante ciertas faltas, pasado mañana un robo, traspasado un negociado o un fraude bancario, después una rapiña, más tarde la justicia por mano propia, luego un ajuste de cuentas, después otro asesinato en venganza…
¿Cuándo perdimos la noción de que no hay convivencia pacífica sin reglas básicas? ¿Cuándo nuestras cúpulas políticas empezaron a creer que el derecho no las alcanzaba, que podían incumplirlo, burlarse de él y permitir que otros lo incumplieran?
En el caso de los partidos blanco y colorado, la cosa es bastante clara. Son ciento noventa años de historia. Revoluciones, degüellos, masacres. Muchos períodos de gobierno. Alianzas con intereses económicos. Auges y decadencias. Tuvieron períodos de paz y prosperidad, sobre todo durante las Guerras Mundiales. Pero el poder corrompe. Ciento noventa años en torno al poder, achanchan y corrompen, inevitablemente.
¿Y qué pasó con el Frente Amplio?
Con el Frente la cosa fue distinta. El FA nació bajo la promesa de barrer los privilegios del poder económico y la corrupción de unas cúpulas políticas degradadas. Fue una bocanada de esperanza que debió esperar más de treinta años –dictadura mediante- para tener su oportunidad en el gobierno. Y la tuvo durante quince años.
Al cabo de esos quince años, nada resume mejor el valor dado al derecho que la célebre frase de Mujica: “Lo político está por encima de lo jurídico”.
Muchos uruguayos ingenuos creerán que esa frase encierra alguna clase de genialidad o de magistral sinceridad. Y, sí, es tan realista y sabia como decir “es más efectivo pegarle un tiro a uno que discutir con él”. El balazo puede acortar la discusión. Pero, ¿qué viene después? ¿Qué mensaje estás emitiendo? ¿Cuánto tardará otro en acortar la discusión contigo pegándote un balazo? O a tu madre, o a tu hijo. ¿Qué significa realmente que un acomodo político esté por encima de reglas que todos deberíamos respetar?
Tengo una hipótesis de lo que pasó y pasa en buena parte del FA con respecto al derecho.
Todo arranca de una interpretación muy primitiva de un concepto marxista, el de que el derecho, como todo lo superestructural, es sólo un producto de la burguesía para dominar y explotar al proletariado. Por lo tanto se lo debe repudiar y menospreciar.
Nunca me convenció esa interpretación. Todas las sociedades, desde mucho antes de que existieran la burguesía y el proletariado, han tenido derecho. Todas prohibieron matar, robar, violar, todas tuvieron alguna forma de obligar a sus miembros y de asegurar la supervivencia colectiva.
A quien mejor vi definir la naturaleza del derecho fue a mi padre, Helios, hace ya muchas décadas. En esa época yo trabajaba con él. Una tarde, una de esas raras tardes en que se le aflojaba el estrés y se ponía reflexivo, me invitó a tomar un café (el suyo con palmitas, su masita preferida) en el bar de la esquina del estudio. Ciudad Vieja, mediados de los 70´, plena dictadura. No recuerdo de qué hablábamos. Yo recién había entrado a la Facultad. Lo cierto es que desembocamos en sí tenía o no sentido el derecho. El, con casi treinta años de profesión, veía disueltos los sindicatos a los que asesoraba y caer uno a uno los derechos laborales con los que trabajaba, los que había estudiado y enseñaba desde antes de recibirse. Yo hacía procuración y empezaba a estudiar. De repente me dijo: “¿Sabés qué es el derecho? Es una foto. Una foto de la correlación de fuerzas sociales en un momento dado”
Pasaron cincuenta años. Me recibí, trabajé y todavía trabajo en la profesión, enseñé filosofía del derecho durante varios años. Hoy soy bastante más viejo de lo que él era cuando me dijo esa frase. Y nunca la olvidé. Porque es verdad. El derecho es un campo de lucha entre intereses y fuerzas sociales. No es bueno ni malo. Es, como casi todo en la vida, resultado de luchas, una transacción entre fuerzas contrapuestas.
Cierto pseudo izquierdismo se acostumbró a despreciar al derecho como “instrumento de dominación burguesa”. El absurdo es palmario. He encontrado a legisladores supuestamente izquierdistas que repiten la letanía: “El derecho es un mecanismo de dominación burguesa”. El ridículo es total: ¿Entonces, qué hacés en el Parlamento?
No es un escepticismo inocente. El escepticismo ante el derecho no les impide a esa clase de radicales cobrar sus sueldos y partidas parlamentarias. Tampoco vi a ninguno de ellos que renuncie a las leyes jubilatorias burguesas, o al seguro de paro burgués, o a las leyes burguesas del aguinaldo y del salario vacacional.
Si he visto a muchos de esos escépticos , cuando ocupan cargos públicos, pasarse por santas partes las prohibiciones presupuestales, las observaciones del Tribunal de Cuentas, las normas para la designación de cargos, firmar contratos de saqueo y cumplir órdenes políticas inconstitucionales.
Si el derecho es una transacción entre fuerzas sociales opuestas, no cabe aplicarlo cuando conviene e ignorarlo cuando no conviene. Cada habitante del país es parte de esa transacción y tiene derecho a que lo acordado se respete. Si las leyes nos prometen seguridad, libertad, salud, enseñanza, salario digno y gobierno transparente, esas cosas deben cumplirse. Si nada es transparente, si los privilegios van siempre para otro lado, si la corrupción y la violencia cunden y nadie se hace responsable, el pacto social se rompe y todo tiende a irse al diablo. Quien ignore eso, está jugando con fuego.
Empecé este artículo después de ver los tres o cuatro crímenes sangrientos del día, los disturbios del domingo en el estadio de Peñarol, las acusaciones contra un subsecretario que era apoderado del millonario al que debería exigirle cuidados ambientales, el monto astronómico de nuestra deuda pública, y que sigue sin cumplirse la norma “burguesa” que obliga al MSP a contralorear las vacunas con que insiste en inocular a niños y adultos.
No sé, ¿no les parece que, si seguimos así, todo amaga a irse al diablo?