Envíopostaporteñ@ nº677

La Inmaculada Concepción, ?Tiempo Argentino? y el Queso

La espiritualidad, sea cristiana, judía, musulmana o evangélica, existe más allá de todo en el corazón de los pueblos.

El marxismo duro que le atribuía cualidades opiómanas terminó convertido en una teología tanto o más soporífera que la que criticaba. Y hasta Einstein reconoció que cada vez que la ciencia abría una puerta, detrás de ella aparecía Dios.”

Este párrafo está copiado del editorial de hoy de “Tiempo Argentino”*. Como no podía ser de otro modo, un compendio de falacias y adulteraciones. Vamos a examinar solo las que están contenidas en las anteriores líneas.

El editorial de “Tiempo Argentino” usa la vieja treta de igualar espiritualidad con religiosidad, y circunscribirla a las supersticiones monoteístas: como que no la hay fuera de esos dogmas.

Eso es pura prestidigitación, porque propiamente espiritual es lo intelectual y lo que corresponde a las funciones superiores de la vida anímica: amor, arte, conocimiento.

Dice a continuación que es el “marxismo duro” el que le atribuía a la religión cualidades opiómanas.

Para empezar, solo las personas son opiómanas, o sea adictas al opio. Las cualidades podrán ser opiáceas, o narcóticas.

Y bien: no es el “marxismo duro” el que lo dijo, sino el señor Carlos Marx —duro o blando— y, que se sepa, no se desdijo, sino que se ratificó cada vez que tuvo oportunidad.

Por lo tanto, no le “atribuía”, sino que le atribuye y le atribuirá, mal que le pese a “Tiempo Argentino”.

Finalmente, apela a Einstein: “...hasta Einstein...”. Pero Einstein no es un non plus ultra ni en esa ni en otras esferas de la sabiduría humana, sino un portentoso científico “trepado a hombros de gigantes”, como dijo Newton de sí mismo... copiando a Bernardo de Chartres, quien lo precedió en cinco siglos.

Desde la Antigüedad hasta ahora son muchos los científicos admirables que, cada uno en su época, han impulsado avances extraordinarios

No todos les propusieron a sus gobiernos la construcción de la bomba atómica, ni todos tuvieron mezquinas y escabrosas relaciones con sus parejas, como Einstein. Pero, eso sí, muchos profesaron una creencia sobrenatural, y otros, no. Porque eso no depende del conocimiento científico ni del raciocinio, sino de factores emocionales.

Por eso en términos espirituales (bien aplicada la palabra, en este caso) tengo otros héroes, y no van a ser los amanuenses y arribistas de “Tiempo Argentino”, ¡justamente!, los que me van a indicar el camino correcto

 

¡Antes larguen el queso, tinterillos, para que podamos empezar a hablar!

 

*http://tiempo.infonews.com/notas/madre-de-las-madres

 

Lapsus insuperable

 

CANTITO EN LOS ACTOS KIRCHNERISTAS:

 

"Néstor no se murió, Néstor no se murió, Néstor vive en el pueblo, la puta madre que lo parió": fuerte, pero correcta autocrítica.

Pero hubo un lapsus insuperable

 

Cuando hay una tensión muy grande entre lo reprimido y lo manifiesto, las dinámicas inconscientes pueden aflorar en lapsus linguae, actos fallidos u olvidos.

El peronismo —tal como se presenta en su relato o como se lo ofrece a los sectores más desfavorecidos de la población— es una completa y diametral impostura:

no es la ideología y la fuerza política que pretende terminar con la injusticia, sino la que procura asegurarla y perpetuarla mediante oportunas adecuaciones coyunturales.

Por lo tanto, la mentira de lo que se dice y el deseo de lo que se calla llevan al partido de Perón y Evita a un conflicto superlativo.

No es de extrañar, entonces, que en el período en el cual la lucha de clases en la Argentina alcanzó su nivel máximo —los ‘70— en el peronismo se haya dado el mayor lapsus de que yo tenga noticia y, nada casualmente, tampoco, en el sector con más agudas contradicciones: la llamada “izquierda peronista”.

El cantito que los identificaba era este: "Perón  Evita  La patria socialista

Sáquenle pelusa

 

ELIMINACIÓN DE SUBSIDIOS

¿Renuncia voluntaria?

Por Jorge Altamira

04/12/11

 

Cuando el tarifazo a los servicios públicos es ya indisimulable, el Gobierno insiste en que la eliminación de los subsidios no responde a la necesidad de tapar el agujero fiscal ni a la presión para mejorar la tasa de ganancia del negocio.

Para el oficialismo (y aún más para los opositores), el tarifazo estaría corrigiendo una ventaja abusiva para los usuarios.

Con esta “racionalidad”, reclama a la población una “renuncia voluntaria” al “subsidio”. Sus secuaces están ejerciendo una fuerte presión, en esa línea, sobre los trabajadores.

La táctica de la persuasión no alcanza, lamentablemente, a los impuestazos de Macri, Scioli o Binner –todo el arco político del capitalismo–, ni al impacto del IVA sobre las tarifas nuevas, que son impuestos por la fuerza (violencia) de la ley. Nadie se ha ocupado de denunciar que la llamada “renuncia voluntaria a los subsidios”, implica una aceptación anticipada de otros tarifazos en el futuro.

La falacia fundamental de oficialistas y opositores en este asunto es la afirmación de que los trabajadores estarían siendo subsidiados, sea por las empresas de servicios o por el Estado.

No hay nada de esto. Las tarifas menores que pagan los usuarios como consecuencia del subsidio estatal se encuentran computadas en el cálculo del costo de la canasta familiar –que, como todo el mundo sabe, es la referencia para determinar los salarios–.

Una tarifa superior implicaría un costo mayor de la canasta familiar y, por lo tanto, un salario más alto que el corriente.

Al pagar una tarifa inferior a lo que sería el costo de producción de los servicios, el trabajador no se acoge a ningún beneficio, porque lo paga con el cobro de un salario inferior.

El verdadero aprovechador del subsidio estatal es el capitalista que contrata a los obreros, porque el subsidio estatal de las tarifas le permite pagar salarios menores que los que correspondería sin ese subsidio.

Las empresas privatizadas de los servicios y del transporte tampoco se perjudican, porque reciben, en compensación, los subsidios. Los trabajadores no tiene nada a que “renunciar”, porque el obrero ya renunció con anticipación cuando su sindicato pactó un salario relativamente inferior.

De todo esto surge una conclusión elemental: los salarios deben ajustarse de inmediato según sea el impacto del tarifazo en el costo de la canasta familiar

El tarifazo rompe los compromisos asumidos en el convenio colectivo de trabajo, que se establecieron en conformidad con una determinada tasa de suba de precios que ahora dará un salto que algunos economistas estiman entre 12 y 15 puntos, una enormidad.

A esto hay que sumar los impuestazos (en especial, los que se aplican a la vivienda) y la permanencia del impuesto al salario; esto como consecuencia del congelamiento del mínimo no imponible

Lejos de “renunciar” a algo que nunca tuvo, el trabajador se ve obligado a pelear para que no le roben lo que nadie le dio nunca. El salario es el precio de la fuerza de trabajo. El tarifazo es confiscatorio.

La campaña por la “renuncia voluntaria” es un intento de ocultar el pánico que produce en el oficialismo la posibilidad de una reacción, esta sí completamente voluntaria, de los trabajadores.

El paso del tiempo no ha borrado la memoria del Rodrigazo.

Por eso, las provocaciones contra los sindicatos, en especial, la militarización del control aéreo. 

La “flamante” Cámara de la Energía reclama, además, un aumento de la tarifa nominal. El esquema de negocios de la energía y del transporte tiene como base un mercado cautivo (y muy líquido), que opera como garantía de un negocio financiero fabuloso (recordar el caso Enron).

En lugar de capital propio se “apalancan” con un enorme endeudamiento.

El costo financiero se convierte en uno de los costos principales.

Fue el esquema que se derrumbó con la devaluación de 2002. El Gobierno propone ahora abolir la “emergencia” y volver al menemismo. En resumen, el tarifazo es una confiscación económica de los trabajadores y un negociado para los capitalistas.

“¿Renuncia voluntaria?” Las pelotas